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Adriana mide su vejez en cinco puntajes: la nueva forma de anticipar qué tan bien se envejece antes de que la enfermedad llegue

Investigadores de longevidad empujan un indicador que combina cognición, movilidad, sentidos, ánimo y energía. Argentina todavía no lo aplica en los chequeos de rutina, pero hay ensayos clínicos en marcha que buscan convertirlo en una herramienta de seguimiento y, eventualmente, en criterio para aprobar fármacos contra el paso del tiempo.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · 28 de agosto de 2026 · hace 2 h

Adriana tiene 71 años, vive en una ciudad chica del norte de Santa Fe y cada tres meses anota en una libreta cuánto tarda en caminar diez metros desde la puerta de su casa hasta la vereda, con qué fuerza aprieta un dinamómetro que le prestó su hija kinesióloga y si volvió a escuchar el timbre del teléfono sin pedir que se lo repitan. No lo sabe todavía, pero lo que hace sin protocolo, mezclando volumen de pasos, agarre, audición y estado de ánimo, se parece mucho a lo que la ciencia del envejecimiento empezó a mirar con otros ojos hace una década.

Desde el interior, donde los controles geriátricos suelen ser más cortos y los turnos con especialistas, más espaciados, la pregunta que sobrevuela cualquier consulta late con fuerza: ¿se puede saber si alguien está envejeciendo bien antes de que aparezca una enfermedad? Un grupo creciente de investigadores responde que sí, y que la respuesta cabe en un solo número.

Cinco dimensiones en lugar de una sola

Ese número tiene nombre: capacidad intrínseca. La Organización Mundial de la Salud lo formalizó en 2015 dentro de su programa de envejecimiento saludable y lo pensó como un cambio de eje: en vez de esperar a diagnosticar patologías, se propuso medir qué tan bien funciona el organismo en su conjunto.

El puntaje reúne cinco subdominios: cognición, locomoción (fuerza y movilidad), capacidad sensorial (visión y audición), bienestar psicológico y vitalidad, entendida como energía general y tolerancia al esfuerzo físico. Algunas de las pruebas que lo alimentan ya forman parte del consultorio geriátrico, como la velocidad al caminar, la fuerza de agarre o los test de detección de deterioro cognitivo. Lo nuevo es combinarlas en un índice único y seguirlas a lo largo del tiempo.

“Incluso cuando las personas son bastante robustas y no tienen ninguna enfermedad, aún podemos detectar cambios en su capacidad.”John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia

Beard, uno de los impulsores del concepto, lo define así desde Nueva York. La frase importa porque corre al paciente y al médico del lugar donde suelen encontrarse en la consulta: el diagnóstico. La capacidad intrínseca, en cambio, busca moverse un paso antes, cuando todavía no hay enfermedad pero algo ya empezó a cambiar.

  • Cognición: memoria, atención y funciones ejecutivas, evaluadas con pruebas breves en consultorio o en domicilio.
  • Locomoción: fuerza de agarre, velocidad al caminar y equilibrio, tres marcadores que predicen caídas y pérdida de autonomía.
  • Capacidad sensorial: visión y audición, dos sentidos cuya caída se asocia a aislamiento, depresión y accidentología cotidiana en mayores.
  • Bienestar psicológico: estado de ánimo, motivación y percepción de propósito, dimensiones que pesan más en la calidad de vida que varias comorbilidades.
  • Vitalidad: energía general, sueño y respuesta al estrés físico, la dimensión más difícil de estandarizar pero clave para el día a día.

La métrica, sin embargo, todavía no es parte de los controles de rutina en la Argentina ni en la mayoría de los países. En Francia se desarrolla un ensayo donde adultos mayores completan cuestionarios periódicos y, cuando el puntaje cae, son derivados a un geriatra para pruebas adicionales. Los resultados, por ahora, no son concluyentes.

A la par, en Estados Unidos, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud financia un programa que intenta demostrar dos cosas: que la capacidad intrínseca refleja con fidelidad cómo se siente y funciona una persona, y que puede mejorar con ejercicio, con fármacos ya aprobados o con cambios de hábito. Si lo logra, el indicador podría terminar sirviendo, incluso, como criterio para aprobar medicamentos dirigidos al envejecimiento, una categoría hoy inexistente en los manuales regulatorios.

La brecha entre regiones se nota. En los centros urbanos con hospitales universitarios y servicios de geriatría consolidados, la posibilidad de armar ese seguimiento longitudinal existe. En ciudades chicas como la de Adriana, el puntaje depende, por ahora, de la insistencia individual: una kinesióloga que acerca un dinamómetro, un médico clínico que recuerda hacer un test cognitivo breve, una hija que pregunta si su padre volvió a escuchar el timbre. Lo que falta, en el medio, es el sistema que lo ordene.

Hay algo que el material consultado no dice y que en la conversación cotidiana aparece siempre: si esta métrica avanza, pagará las pruebas seriadas en adultos mayores que no tienen obra social premium ni residencia en una capital. Tampoco queda claro qué pasará con los pacientes cuyo puntaje cae pero aún no tienen diagnóstico: ¿se les ofrecen intervenciones, se los etiqueta como en riesgo, o ambas cosas? La promesa de anticiparse a la enfermedad suena potente. La pregunta es si los sistemas de salud están listos para hacerse cargo de lo que esa promesa trae debajo del brazo, sobre todo cuando el reloj ya empezó a correr.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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