Bill Gates pidió desde el Vaticano que los gobiernos metan mano en la inteligencia artificial antes de que sea tarde
El fundador de Microsoft advirtió que, sin regulación estatal, las herramientas más poderosas quedarán en manos de unos pocos y los riesgos, como ciberataques y desempleo, llegarán a todos.
Yo estaba siguiendo la cobertura del encuentro en el Vaticano cuando escuché a Bill decir algo que me quedó dando vueltas. La frase, tal cual la reprodujo la prensa internacional, fue esta: creo que no estamos prestando atención a los riesgos y que no estamos haciendo lo suficiente para minimizar los daños. La pronunció durante un foro sobre ética y tecnología, y a mí me sirve para arrancar porque condensa todo lo que vino después: la inteligencia artificial, según el fundador de Microsoft, no es una innovación más, es otra cosa.
Lo escuché y me acordé de cuando apareció la computadora personal y después Internet. Bill lo puso en palabras: la diferencia central es que la IA puede hacer tareas vinculadas con el razonamiento, el lenguaje y la producción de contenidos, algo que antes era patrimonio exclusivo de la gente. La definió como más parecida a un evento evolutivo, porque la humanidad creó un tipo de inteligencia que, en muchos aspectos, iguala o supera la cognición humana. Es como pasar de tener una licuadora que solo picaba hielo a tener una que de repente te cocina la cena: el aparato sigue siendo un aparato, pero el salto de capacidad cambia la conversación.
Los riesgos concretos que mencionó
- Ciberataques más sofisticados y baratos, con fraudes, deepfakes, desinformación y ataques informáticos al alcance de cualquier grupo con malas intenciones.
- Desigualdad en el acceso: las herramientas más útiles se desarrollan primero para quienes pueden pagarlas, no para quienes más las necesitan.
- Desempleo y desplazamiento laboral por la automatización de tareas que hoy hacen personas.
- Sesgo de idioma: la mayoría de los modelos se entrenan en inglés, lo que deja en desventaja a miles de millones de hablantes de otras lenguas, incluido el español rioplatense que usamos a diario.
Ante ese panorama, Bill fue categórico: el sector no puede autorregularse y debe estar guiado por actores neutrales, en primer lugar los gobiernos. Reconoció, eso sí, algo que a mí me pareció honesto y raro al mismo tiempo: una parte importante de los funcionarios que tienen que decidir no entiende con suficiente profundidad cómo funcionan estas herramientas. Es como pedirle a alguien que regule una cocina industrial sin saber qué hace un horno convector.
También contó dónde ve oportunidades concretas, y eso me cambió un poco el ánimo. Mencionó médicos rurales que podrían usar un celular como ecógrafo, estudiantes con apoyo pedagógico personalizado y agricultores recibiendo recomendaciones adaptadas al suelo y al clima de cada zona. Son usos pensados para países de ingresos bajos y medios, que es donde más falta hace la tijera para achicar la brecha en lugar de ampliarla.
Lo que sigue en la discusión, a mi entender, es enorme y nos toca de cerca. Falta revisar cómo se gravan los trabajos automatizados, decidir qué tareas deben quedar deliberadamente en manos humanas y discutir, país por país, qué tipo de inteligencia artificial queremos tener. Bill lo dejó planteado como una elección, no como un destino: la tecnología va a avanzar igual, la pregunta es si vamos a llegar a tiempo para que sus beneficios no se queden en la misma vereda de siempre.
