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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Cuando el cuerpo le habla a la mente: la nutricionista que se sienta en el consultorio del psicólogo

La psicóloga británica Kimberley Wilson sostiene que el cansancio crónico, la apatía y el desánimo no pueden analizarse sin mirar el plato, el sueño y los hábitos. La propuesta vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la integración entre salud mental y nutrición.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · · hace 1 h
Cuando el cuerpo le habla a la mente: la nutricionista que se sienta en el consultorio del psicólogo

Desde el interior, en una provincia chica del sur argentino, María Fernanda llegó a la guardia del hospital pensando que la derivarían a un psiquiatra. Hacía meses arrastraba un cansancio que no se explicaba, una nube de desgano y una irritabilidad nueva, que no reconocía en ella. Cuando le preguntaron qué había comido ese día, se quedó en silencio. Hacía tiempo que su plato se reducía a mate con tostadas y arroz con lo que hubiera. Esa pregunta que vino después, casi de paso, terminó siendo la pista que faltaba. Su médica le pidió un análisis de sangre y una interconsulta con nutrición antes de avanzar con medicación. No es un caso aislado. La propuesta de la psicóloga Kimberley Wilson apunta exactamente a eso: que el consultorio de salud mental no se desligue de lo que comemos, de cómo dormimos y de cuánto nos movemos.

Wilson, que trabaja en Londres, plantea incorporar de manera sistemática preguntas sobre alimentación, descanso y movimiento a la evaluación de quien consulta por fatiga persistente, apatía o ánimo bajo. La idea no reemplaza la psicoterapia ni los medicamentos cuando hacen falta, sino que los integra en un mapa más completo. Una persona con antecedentes traumáticos puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o una alimentación muy restrictiva podría ver cómo parte de sus síntomas mejoran al corregir una carencia concreta. El abordaje, dice la especialista, se construye caso por caso.

Nutrientes que el cerebro registra

Entre los nutrientes que Wilson señala como relevantes para el funcionamiento cerebral están las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los omega-3. La psicóloga aclara que una insuficiencia no determina por sí sola la existencia de un trastorno mental, pero puede agravar factores como el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo. De ahí que su planteo sea investigar posibles déficits antes de descartar cualquier explicación.

  • Pescados azules como sardina, salmón y caballa, recomendados al menos una vez por semana por su aporte de omega-3.
  • Para dietas vegetarianas o veganas, consulta con un profesional de salud sobre suplementación.
  • Sueño, sedentarismo, consumo de sustancias y conflictos personales, también parte de la misma revisión.
  • Tiempo estimado: los cambios de hábitos pueden tardar meses en notarse.
“Una deficiencia no explica por sí sola un trastorno mental, pero puede agravar lo que ya está pasando.”Kimberley Wilson

La experiencia que dio forma a este enfoque fue su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde observó que las dificultades de regulación emocional aparecían de la mano de carencias alimentarias. Wilson suele citar también ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles que vincularon la administración de micronutrientes con una reducción de episodios violentos. Esa asociación, aclara, no permite reducir toda la conducta de una persona a su dieta, pero sí enciende una alerta que el sistema de salud suele pasar por alto.

En la Argentina, donde la brecha entre centros urbanos y localidades del interior vuelve a quedar expuesta cada vez que se habla de acceso a profesionales, esta mirada integrada se topa con un dato incómodo: en buena parte de las provincias, la consulta con un nutricionista o un psicólogo depende del hospital público o de obras sociales con cupos limitados. Si la propuesta de Wilson fuera adoptada de manera transversal, las guardias y los centros de atención primaria deberían poder pedir estudios de micronutrientes, derivar a nutrición y dar seguimiento, algo que hoy no ocurre de forma sistemática fuera de las grandes ciudades. El Ministerio de Salud nacional y la Superintendencia de Servicios de Salud no difundieron hasta ahora una guía que contemple esta integración de manera obligatoria. La pregunta queda abierta: ¿quién se hace cargo de que el cuerpo y la mente dejen de atenderse como si fueran dos cosas separadas?

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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