Cuidar sin pausa: la sobrecarga que atraviesa a las familias y golpea más a las mujeres
Una encuesta de la Universidad Austral sobre 1.028 personas muestra que seis de cada diez cuidadores principales arrastran algún grado de desgaste y que las mujeres acusan más problemas de descanso y de vida personal. El estudio advierte que no alcanza con tener ayuda: importa la calidad del acompañamiento.
Lo conocí a Enrique en un taller de cuidadores que se hizo el año pasado en Resistencia. Tiene 58 años, cuida a su madre desde hace seis y me dijo una frase que se me quedó grabada: “Uno no se cuida porque no le queda tiempo de cuidarse”. Su caso no es una excepción: según una encuesta reciente de la Universidad Austral, el 60 por ciento de las personas que asumen el rol de cuidador principal en la Argentina registra algún grado de sobrecarga y un 40,8 por ciento llega a un nivel considerado intenso, un umbral que los propios investigadores describen como una situación que requiere intervención.
Mujeres que cargan con más
El relevamiento, que se hizo por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026 sobre 1.028 mayores de 18 años de todo el país, puso el foco en 120 cuidadores principales a los que se les aplicó la escala de Zarit, un cuestionario validado internacionalmente que mide el peso emocional, físico y económico del cuidado. Los resultados muestran una brecha de género marcada y consistente con lo que se repite en la calle, en los centros de salud y en las oficinas de recursos humanos. Entre las mujeres cuidadoras, el 54 por ciento reconoce que la responsabilidad le impide descansar lo suficiente, frente a un 30 por ciento de los varones. Y cuando se les preguntó si el cuidado limita sus proyectos personales, la diferencia se ensancha: el 44 por ciento de las mujeres dijo que sí, contra apenas un 10 por ciento de los hombres.
En otras palabras, la sobrecarga no se distribuye de manera pareja dentro de los hogares. La investigación registró que el 60,6 por ciento de las mujeres que cuidan asumieron el rol principal, mientras que entre los varones cuidadores esa proporción bajó al 44,4 por ciento. Son números que confirman algo que desde el interior del país se ve a diario: las mujeres siguen siendo la columna vertebral de los cuidados, muchas veces sin red, sin reemplazo y sin licencia.
Ayudar no es lo mismo que acompañar
Uno de los datos que más llamó la atención del equipo de la Austral fue el de la ayuda recibida. Entre quienes dijeron contar con algún tipo de acompañamiento, la sobrecarga intensa alcanzó el 40 por ciento, una cifra prácticamente idéntica al 40 por ciento que se registró entre quienes dijeron no tener ayuda. ¿Cómo se explica? El informe lo resume en una idea fuerte: no alcanza con que alguien colabore; importa la calidad del apoyo. Para medirlo, los investigadores separaron tres dimensiones: la afectiva, la informacional —orientación, consejos, datos concretos— y la operativa, que es la que tiene que ver con la mano concreta, con hacerse cargo un rato, con llevar a la persona al médico o con quedarse una noche.
- Sobrecarga intensa: 40,8 por ciento de los cuidadores principales.
- Cuidadoras que no descansan lo suficiente: 54 por ciento, frente a 30 por ciento de los varones.
- Cuidadoras que ven limitado su proyecto personal: 44 por ciento, frente a 10 por ciento de los hombres.
- Acceso promedio a licencias y prestaciones: 53,7 por ciento en formales, 17,1 por ciento en informales y 9,5 por ciento en independientes.
- Aspectos gratificantes reconocidos: 95,7 por ciento de los cuidadores.
Trabajar y cuidar, una cuenta que no cierra
El estudio también puso números al cruce entre cuidado y empleo. El 75 por ciento de quienes cuidaban tenían además un trabajo remunerado, y ahí apareció otra de las brechas más fuertes del relevamiento, atravesada por el tipo de contratación. Entre los trabajadores formales, el acceso promedio a licencias y prestaciones —maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería— fue del 53,7 por ciento. Entre los informales cayó al 17,1 por ciento y entre los independientes, al 9,5 por ciento. La diferencia entre estar en blanco o no, en este tema, no es un detalle: define a qué derechos se puede acceder y a cuáles no.
“Importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia.”Informe de la Universidad Austral
Como contrapeso, la encuesta dejó una señal que vale la pena subrayar: el 95,7 por ciento de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante de la tarea, desde el afecto recíproco hasta los momentos compartidos o los avances que ve en la persona a la que acompaña. Esa dimensión humana convive con el agotamiento y, lejos de contradecirlo, lo hace más visible. Cuidar puede ser un acto de amor profundo y, al mismo tiempo, una fuente de deterioro si no hay red, recursos ni políticas que lo respalden.
El informe cierra con un llamado a mejorar el apoyo y a ampliar el acceso a licencias laborales, pero hay algo que el estudio no dice y que desde el interior del país se siente con crudeza: cuál es el plan concreto del Estado para que una cuidadora como tantas que conozco —que trabaja en negro, que no llega a fin de mes, que duerme a los saltos— pueda, aunque sea un día, parar. Por ahora, lo que no se dijo es justamente lo que más falta hace.
