El museo jujeño al que hay que encontrar solo: así funciona Entre los Cerros, en medio de la Quebrada de Huichaira
Sin cartelería en la ruta ni un solo folleto en la web, el espacio que Lucio Boschi levantó en adobe a 2.700 metros de altura se convirtió en un referente de la fotografía argentina y latinoamericana. Desde el interior, la historia de un lugar al que los primeros visitantes fueron los chicos de la escuela del cerro.
Ramiro Mamaní tiene 14 años y vive en la escuela-albergue de Huichaira, un puesto de piedra y adobe colgado del cerro en la Quebrada jujeña. Cuenta que la primera vez que cruzó la tranquera del museo todavía iba con guardapolvo blanco. Fue caminando, sin saber que ese día empezaba una relación que, según dice, le cambió la cabeza. En esa sala con piso de tierra y ventanas bajas hacia el cerro, vio por primera vez una foto de Marcos López y entendió, dice él con sus palabras, que alguien del Norte podía contar el Norte con una cámara. A 2.700 metros de altura, sobre la ruta 9 frente a Tilcara, está el Museo Entre los Cerros (MEC): un lugar dedicado por entero a la fotografía argentina y latinoamericana que funciona sin un solo cartel que lo anuncie en el camino.
Lo fundó en 2012 Lucio Boschi, fotógrafo de 60 años nacido en la provincia de Buenos Aires, que llegó a la zona después de años de trabajar entre Europa y América Latina. Cuenta que siguió el curso del río Huichaira, se topó con una formación de cerros que le golpeó la vista y terminó comprando un terreno. Primero levantó su casa de barro; después, el museo. Toda la construcción es de adobe, integrada al paisaje, pensada para que la luz natural filtre por las aberturas y el entorno entre a las salas como si fuera una obra más.
Un acervo formado a mano, carta por carta
La colección permanente reúne obras donadas por fotógrafos argentinos y latinoamericanos: Marcos López, Graciela Iturbide, Martín Chambi, Alessandra Sanguinetti, Irina Werning y Rodrigo Abd, entre otros. Boschi no llamó a un martillero ni publicó una solicitada: les escribió cartas a colegas y a contactos que había cultivado durante años de ferias internacionales. La respuesta, según reconstruye, fue siempre la misma. Todos dijeron que sí.
Ese acervo, que empezó como una sala familiar, se fue transformando en una de las colecciones de fotografía latinoamericana más por fuera de los circuitos tradicionales de Buenos Aires. Y acá aparece el primer dato de brecha: la diferencia entre Capital Federal y el resto de las provincias en materia de oferta cultural de jerarquía sigue siendo enorme, y lugares como el MEC se financian a pulmón, sin sponsors ni presupuesto estable.
Sin cartel en la ruta, pero con público de todo el país
La señalización brillaba por su ausencia en la ruta 9, y eso no fue un descuido: fue una decisión. Boschi estaba convencido de que el museo tenía que ser descubierto por quien realmente lo buscara. Durante los primeros meses, los únicos que llegaron fueron los chicos de la escuela vecina. Después aparecieron los guías de trekking, grupos de fotógrafos amateurs y, con el correr de los años, curadores y directores de museos internacionales de primer nivel. Hoy el lugar convoca visitantes de todo el país y también del exterior, todos guiados por el boca a boca.
- Biblioteca especializada en fotografía argentina y latinoamericana.
- Talleres de formación abiertos a la comunidad.
- Residencias artísticas para fotógrafos que llegan de otras provincias.
- Programa gratuito de capacitación orientado a jóvenes de la zona.
- Un espacio de encuentro para los vecinos de la quebrada.
Los datos duros del último año marcan una tendencia que vale mirar de cerca. El segundo dato de brecha: mientras los grandes museos de la Ciudad concentran la mayor parte del público y los recursos, en las provincias del Noroeste la asistencia a espacios culturales crece sostenidamente cuando se los visibiliza, y aquí ni siquiera hizo falta visibilizarlos: bastó con que existieran.
Para llegar conviene ir con tiempo y sin apuro. Las salas tienen bancos para detenerse y un ritmo que invita a caminar despacio; el acceso más práctico es por la ruta 9 desde Tilcara. Conviene tener en cuenta que el GPS suele no estar actualizado en los tramos finales de los caminos del cerro, así que preguntar en el pueblo antes de subir sigue siendo la mejor brújula.
Yo lo visité hace unos meses siguiendo un dato que me pasó una colega de Salta. Subí por la ruta 9, pasé el desvío a Purmamarca y me perdí dos veces antes de encontrar la tranquera. Cuando entré, lo primero que vi fue la luz entrando por una ventana baja, un mapa de sombras en la pared de adobe y, colgada en un clavo, una foto de Martín Chambi tomada casi un siglo atrás en Cusco. Ahí entendí por qué Boschi insiste en que el museo se descubra solo: entrar sin aviso es parte de la obra.
El Estado nacional nunca le asignó un subsidio estable. La provincia de Jujuy, según pudo reconstruir esta cronista, acompaña con alguna gestión puntual pero sin un esquema sostenido de financiamiento, y el museo se sostiene con entradas, talleres y donaciones. Boschi nunca dijo públicamente a cuánto ascienden los números, ni qué empresas colaboran: tampoco se lo pregunté, porque la austeridad parece ser parte del proyecto. Lo que sí queda claro es que, en un país donde la oferta cultural sigue concentrada en los grandes centros, hay lugares en el interior que siguen haciendo un trabajo silencioso y de enorme calidad, sin pedir permiso ni carteles en la ruta.
