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Domingo, 11 de octubre de 2026
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El “no” de Astrid Lindgren que empujó a Miyazaki a inventar su propio mundo

En 1971, el futuro creador de Studio Ghibli viajó a Suecia para convencer a la autora de Pippi Calzaslargas. Ella dijo que no. Lo que vino después cambió la historia del anime.

Por Delfina IbarraGaming y cultura digital · · hace 1 h
El “no” de Astrid Lindgren que empujó a Miyazaki a inventar su propio mundo

Arrancamos con una perlita que todavía me sigue sacando una sonrisa: Pippi Calzaslajas —la nena más fuerte de la literatura infantil— casi termina en manos de Hayao Miyazaki. Casi. Pero no.

A principios de los setenta, Miyazaki y su socio Isao Takahata se habían ido de Toei después del palo comercial que se llevaron con “Las aventuras de Hols, el príncipe del sol”. Los juntó el productor Yasuo Otsuka en un estudio chico, A-Pro, que quería zafar del ritmo berreta de la televisión de la época. Y el proyecto que los enamoró fue, ni más ni menos, que animar a Pippi: la criatura pelirroja que arrastra un caballo, le planta cara a un policía y se banca sola una casa entera.

Para Miyazaki era una chance de oro. Lo dijo él mismo, ya grande: “Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión”. Takahata, mientras tanto, se la bancaba a Lindgren porque sus libros cuestionaban la costumbre europea de pintar a los pibes como sujetos a corregir. Vamos, la piba se manda al frente y los adultos son los que están fuera de eje.

Suecia, un portazo y un cuaderno lleno de bocetos

En 1971, Miyazaki se comió un viaje hasta Suecia para negociar los derechos mano a mano. Recorrió Visby, se quedó fascinado con el paisaje y se le reconfiguró Europa entera en la cabeza. Pero la reunión con Lindgren no salió como esperaba. La escritora tenía mal gusto de boca: una adaptación cinematográfica de Pippi de 1949 la había dejado disconforme, y por lo que se cuenta en la época, pensaba que la animación japonesa era demasiado violenta para sus historias. Traducido: un portazo en la cara.

Lo que sí se llevó fue un archivo completito de bocetos y de investigación que no terminó en un cajón. Gran parte de esas ideas recalaron en el mediometraje “Las aventuras de Panda y sus amigos” (1972), dirigido por Takahata y escrito por el propio Miyazaki. La protagonista, Mimiko, es una nena traviesa y pelirroja que tiene más de un aire a Pippi. El filme tuvo secuela al año siguiente.

Y hay más: el viaje dejó huella visual que se vio dieciséis años después. Los paisajes suecos que Miyazaki había conocido en aquella negociación frustrada terminaron sirviendo de referencia para ambientar “Nicky, la aprendiz de bruja” (1989). O sea, Lindgren le dijo que no, pero igual le regaló, sin querer, la mirada nórdica que después impregnó una de sus películas más queridas. Ironía fina, de esas que a mí, te confieso, me dejan tildando cada párrafo.

“Para Miyazaki era una chance de oro. Lo dijo él mismo, ya grande: “Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión”.”Hayao Miyazaki

Vale la pena (un poco)

  • La perlita histórica: dos gigantes de la animación mundial casi trabajan juntos y el cruce se cayó por un tema de confianza.
  • Miyazaki no perdió el viaje: esos bocetos y paisajes suecos terminaron nutriendo Panda y, sobre todo, Nicky, la aprendiz de bruja.
  • Lectura para guardarse: a veces un “no” temprano puede terminar dibujando, sin que lo sepas, el resto de tu carrera.
DI
Delfina IbarraGaming y cultura digital

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