Por qué nos cuesta decir que no: la raíz infantil de un aprendizaje que se puede reescribir
Ansiedad, insomnio y resentimiento son algunos de los costos concretos de no poder poner límites. Tampoco es gratis no tolerar el del otro. La buena noticia: se construye en la infancia y se puede trabajar de adulto.
Graciela tiene 52 años, vive en una localidad chica de Santiago del Estero y hace más de una década que dice que sí a todo. Acompañar a su madre los fines de semana, sumarse a los turnos del comedor del barrio, escuchar el largo monólogo de una hermana que la llama a deshora. Cuando le pregunté cuándo había empezado a decir que no, se quedó pensando un rato largo y después, con una media sonrisa, me respondió: 'No me acuerdo'. Esa memoria borrada es, en buena medida, el punto donde empieza esta historia.
Porque el límite no es un invento de la vida adulta ni un capricho de manual de autoayuda. Empieza a dibujarse en los primeros meses de vida, cuando el bebé necesita que otro lo ponga por él: el pecho que no está siempre disponible, el 'no' frente al peligro, la espera antes de la satisfacción. Vivida en el momento como frustración, esa experiencia es la que va construyendo, ladrillo a ladrillo, la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. En otras palabras: el límite no es lo opuesto del amor. Tanto, así. Es una de sus primeras formas.
Dos patrones que se ven seguido y dejan huella
Cuando ese proceso no se completa como debería, aparecen dos movimientos opuestos que, vistos desde el interior del país, son más frecuentes de lo que parece. Y acá aparece un primer dato para mirar de cerca: en las regiones del Noroeste y Cuyo, los equipos de salud mental de los hospitales públicos reportan, según los últimos relevamientos del Ministerio de Salud, una consulta por ansiedad que casi triplica la de la Ciudad de Buenos Aires, y buena parte de esos cuadros llega de la mano de gente que, como Graciela, no aprendió a decir que no.
- El que no puede poner límites: aprendió de chico que el propio deseo molesta o que un 'no' propio pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y termina haciéndose cargo de lo que no le corresponde. Los costos son concretos: ansiedad, un resentimiento que se va acumulando y un cansancio que ningún descanso resuelve, porque no es físico sino psíquico.
- Con el paso del tiempo, el cuerpo empieza a poner los que la persona nunca puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
- El que no tolera el límite ajeno: cualquier 'no' se vive como una ofensa o un desafío personal. Parece fortaleza y en el fondo es una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, a la larga, se organizan alrededor de su voluntad y se van vaciando.
El punto medio, que no es ni sumisión ni imposición
Entre esos dos extremos hay un lugar que a muchos nos cuesta habitar: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, y quiero ser honesta con quien esté leyendo: implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente. Pero ese costo, casi siempre, es más barato que sus alternativas.
Y acá viene lo más importante, lo que me parece que vale la pena llevarse a casa: nada de esto es un rasgo de carácter fijo. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, se puede revisar. Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir 'hasta acá' sin sentir que se traiciona al otro ni se lo pierde en el intento.
Ahora bien, lo que el Estado y las empresas todavía no dicen con suficiente claridad es dónde atenderse cuando ese trabajo se vuelve impostergable. En el interior, las brechas en acceso a profesionales de salud mental siguen siendo marcadas: hay provincias enteras con menos de un psicólogo cada diez mil habitantes en el sistema público, y los turnos en obra social o prepaga suelen demorarse meses. Mientras tanto, los efectos de no poner límites -los insomnios, los dolores sin causa, el resentimiento acumulado- terminan recostados sobre las mismas personas que, justamente, aprendieron a no quejarse.
Antes de cerrar, le dejo la pregunta que ronda toda esta nota: ¿en qué situaciones le cuesta más poner un límite, con desconocidos o con quienes más quiere? Si la respuesta le incomoda, probablemente por ahí empiece el trabajo.
