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Teresita, la profesora que se jubiló y hoy cosecha almendras a orillas del Limay

A los 62 años, la exdocente de Biología transformó un lote plagado de malezas en Almendras del Limay, un emprendimiento artesanal en Plottier que la ayudó a atravesar un cáncer durante la pandemia. Una historia de oficios que se cruzan, brechas que persisten en la Patagonia y decisiones tomadas casi por accidente.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · 30 de agosto de 2026 · hace 2 h

Desde el interior, cada tanto aparecen historias que vale la pena contar en primera persona. Esta es una de ellas. Teresita Peláez, neuquina de 62 años, bióloga de formación y docente durante décadas, hoy pasa sus jornadas entre almendros, aromáticas y colmenas en una hectárea del barrio Piscicultura de Plottier, a metros del río Limay. Lo que empezó como un terreno cubierto de yuyos y un alambrado roto se transformó, casi sin quererlo, en Almendras del Limay, un proyecto artesanal que ella misma describe como "un hobby que a veces me ha resultado un poco caro".

Una decisión que nació al lado de un agujero en el alambrado

Teresita compró esa fracción de tierra hace casi veinte años. La primera urgencia fue levantar la casa; después vino la duda clásica: qué hacer con el resto. La respuesta llegó de la mano de un imprevisto. Un agujero en el alambrado la obligó a decidir qué hacer con ese sector del lote: dejarlo sin trabajar significaba que las malezas volverían a ganarle la pulseada, y destinar el riego solo al césped le parecía un desperdicio. Entonces recordó un almendro que había plantado años antes en otro rincón del terreno y se preguntó por qué no sumar más.

Buscó asesoramiento en el Centro PyME de la zona y se topó con la ingeniera Silvana Moschini, una "enamorada de los almendros" que, según sus propias palabras, terminó de contagiarla. En 2013 plantó los primeros árboles justo donde había estado roto el alambrado. Dos años más tarde completó un segundo cuadro de plantación.

De profesora a productora, con José Luis como socio

Mientras daba clases en la escuela, el proyecto convivía con la rutina del aula sin pisarse demasiado. Una ventaja práctica resultó clave: las almendras no necesitan venderse de inmediato tras la cosecha, lo que le permitía manejar los tiempos sin que el emprendimiento se le transformara en una carga más. Con el paso de los años, el hobby fue tomando cuerpo.

  • Almendras naturales, tostadas, saladas y garrapiñadas.
  • Harina de almendras, que se vende en paquetes pequeños.
  • Miel y subproductos de apicultura que se sumaron con las primeras colmenas.
  • Plantas aromáticas, huerta y, desde la pandemia, un invernadero propio.

De forma permanente la acompaña José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto. "Es muy artesanal", resume Teresita cuando habla del ritmo de trabajo, que va de la poda y la fertilización a la cosecha y el empaquetado, todo en el mismo lote.

Brecha de género y territorio: las mujeres que emprenden en la Patagonia

La historia de Teresita se inscribe en una región donde la brecha por género en el emprendedurismo todavía pesa. Según datos del Observatorio PyME regional, en la Patagonia las mujeres conducen apenas alrededor del 30 por ciento de los pequeños emprendimientos rurales y agroalimentarios, una proporción que en zonas ribereñas como Plottier suele ser aún menor cuando se cruza con la variable etaria. Casos como el suyo, además, combinan dos factores que suelen quedar invisibilizados: el pasaje de la vida activa a la jubilación y la decisión de quedarse en el interior en lugar de emigrar a los grandes centros.

La pandemia, el cáncer y el invernadero como refugio

El espacio fue creciendo en distintas direcciones. Los almendros abrieron la puerta a las colmenas, las aromáticas, la huerta y, durante la pandemia, a la construcción de un invernadero propio. Fue precisamente en esos meses cuando el vínculo con la tierra tomó otra dimensión. Teresita atravesó un cáncer mientras seguía el tratamiento médico y encontró en las tareas cotidianas del invernadero una forma de sostenerse. Esa experiencia, dice, le dejó una certeza que repite cada vez que puede: la de que un proyecto pequeño y artesanal puede ser, también, una manera de cuidarse.

“No sa...”Teresita Peláez, fundadora de Almendras del Limay

Lo que el Estado y la empresa no dijeron

Quedan en el aire, al menos, dos preguntas que ni el Centro PyME ni el municipio suelen responder con claridad. Por un lado, qué tipo de acompañamiento técnico y financiero reciben hoy los pequeños productores de frutos secos en Neuquén, un cultivo todavía incipiente en la región frente a provincias como Mendoza o San Juan. Por el otro, de qué manera se piensa integrar a emprendedoras mujeres mayores de 60 que, como Teresita, llegan al mundo productivo después de jubilarse y sin experiencia empresarial previa. Mientras esas respuestas no lleguen, historias como Almendras del Limay seguirán dependiendo, en buena medida, de un alambrado roto, de una ingeniera "enamorada de los almendros" y del tesón de una profesora que decidió no dejar que los yuyos le ganaran la última pulseada.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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