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Martes, 13 de octubre de 2026
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Un millón de robots, una pregunta sin responder: la cuenta de Amazon en las guardias

La empresa más robotizada del mundo opera más de un millón de unidades en sus depósitos, pero los propios registros internos que entregó al Senado de Estados Unidos muestran que la tasa de accidentes es 28% mayor en los centros automatizados.

Por Julia MartinelliCiencia y espacio · · hace 2 h
Un millón de robots, una pregunta sin responder: la cuenta de Amazon en las guardias

Cuando leí la cifra por primera vez tuve que volver a contarla. Amazon, la compañía más obsesionada con la automatización del planeta, ya tiene más de un millón de robots trabajando dentro de sus depósitos y, al mismo tiempo, sostiene una plantilla de más de 1,5 millones de personas entre full time y part time. El dato me lo crucé mientras tomaba el segundo mate de la mañana, y se me ocurrió una imagen de cocina: imaginen una procesadora enorme donde las personas son los mozos y los robots, las bandejas que van y vienen por debajo de la mesa. Ahora sumen que la procesadora registró, en 2023, 30% más accidentes que el promedio del resto de la industria, según la investigación de 18 meses que cerró en diciembre de 2024 la Comisión de Salud, Educación, Trabajo y Pensiones del Senado de Estados Unidos.

De una pyme que se llamaba Kiva a un millón de máquinas

La historia empieza en 2012, cuando Amazon le compró a Kiva Systems, una empresa chica de Boston, y de ahí nació Amazon Robotics. De aquel primer robot con ruedas, que parecía un tarro de mayonesa gigante y se metía debajo de las estanterías para acercárselas al empleado, pasaron a Hércules y Titán, que mueven estructuras del tamaño de un piano de cola. Después llegó Proteo, el primero con sensores para circular entre personas sin chocarlas, y más tarde aparecieron los brazos con inteligencia artificial: Robin, que usa ocho ventosas como dedos para separar paquetes de pilas revueltas; Cardinal, que acomoda bultos de hasta 22 kilos; y Sparrow, que reconoce cientos de millones de productos distintos. El último es Vulcan, el primer brazo con sensores de fuerza, una especie de tacto artificial, que ya funciona desde 2025 en Spokane, Washington, y en Hamburgo, Alemania, y que la empresa proyecta expandir en 2027.

Para ordenar tanto tráfico interno, Amazon construyó DeepFleet, un sistema de inteligencia artificial que coordina los movimientos de la flota y que, según sus propias mediciones, recortó un 10% los tiempos de traslado. Scott Dresser, vicepresidente de Amazon Robotics, sostiene que la idea es que las máquinas se queden con las tareas más riesgosas, y argumenta que los robots ya se ocupan de mover los paquetes pesados o de meterse en los racks altos, que son los lugares donde más se lastiman los trabajadores.

El número que incomoda

El problema es lo que dice la propia documentación que la empresa entregó al Congreso. Los registros internos de Amazon, citados por la investigación del Senado, muestran que los centros con robots tienen una tasa de lesiones registrables 28% más alta que los que no los tienen, y que en 2023 la cantidad de accidentes graves fue 30% superior al promedio del resto del rubro en Estados Unidos. La Comisión pidió explicaciones a la empresa por las condiciones de trabajo, los ritmos de producción y la capacitación, y el debate sobre si la automatización está cuidando al trabajador o empujándolo a un ritmo que el cuerpo no banca sigue más abierto que nunca. Mientras tanto, la flota no frena: Amazon está construyendo nuevas fábricas en Austin, Texas, y en Greenwood, Indiana, y su directora financiera adjunta anticipó que la cantidad de robots se va a más que duplicar a lo largo de este año.

Lo que viene en la investigación es tan importante como lo que ya pasó. El Senado de Estados Unidos pidió a Amazon los registros completos de lesiones de los últimos cinco años en todos sus depósitos del país, y la empresa tiene que entregar información desagregada por turno, por tipo de tarea y por presencia o no de robots. También se esperan auditorías externas independientes en plantas de Texas, Washington e Indiana, las mismas donde se prueban los brazos Vulcan y donde se fabrican los nuevos Hércules y Titán. Si los datos confirman la brecha, la discusión dejará de ser filosófica y pasará a ser regulatoria: el Congreso ya evalúa si la automatización masiva obliga a nuevos estándares de seguridad, ritmos máximos y pausas obligatorias, algo que los propios delegados gremiales vienen reclamando desde hace años.

JM
Julia MartinelliCiencia y espacio

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