Asma con rostro femenino: cuando las hormonas complican la respiración después de la pubertad
Después de la adolescencia la ecuación se invierte: las mujeres concentran más casos graves, más internacionales y más consultas a urgencias.Qué dicen los estudios recientes sobre el rol del estrógeno y la progesterona, y por qué el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia vuelven más difícil el seguimiento clínico.
Desde el interior, donde los centros de referencia quedan lejos y las guardias se llenan los fines de semana largos, conozco a varias mujeres que cargan un puff de salbutamol en la cartera como quien lleva las llaves. Una de ellas es Laura, tucumana, 42 años, que me contó entremate de por medio que su asma se volvió otra después de los veinte. Antes de la pubertad casi no se acordaba de la enfermedad; hoy, cada cambio de estación le juega una mala pasada. No está sola: las cifras globales muestran que después de la adolescencia el asma pega más fuerte en el cuerpo de las mujeres que en el de los varones.
Un análisis publicado en 2025 en BMC Pulmonary Medicine, basado en datos del Global Burden of Disease 2021, calculó que unas 260 millones de personas vivían con asma en el mundo ese año. Lo que subrayan los autores es la brecha por sexo: en la adultez, las mujeres registran mayor prevalencia, más internacionales y más visitas a urgencias que los varones de la misma franja etaria. Hasta la pubertad, la relación era inversa: los varones eran quienes más enfermaban. La transición coincide con la entrada en escena de las hormonas sexuales, y ahí se concentra buena parte de la explicación que la ciencia viene pergeñando.
Estrógeno y progesterona como inflamadores silenciosos
Un estudio publicado en The Journal of Allergy and Clinical Immunology, conducido por Dawn C. Newcomb en la Universidad Vanderbilt, trabajó con células inmunitarias de pacientes con asma grave y detectó que el estradiol y la progesterona pueden empujar la producción de IL-17A, una proteína que actúa como combustible de procesos inflamatorios. En paralelo, registró mayor actividad de células llamadas TH17 en mujeres con asma grave respecto de varones con el mismo diagnóstico. Los propios autores aclaran que el hallazgo no prueba causalidad directa ni se puede extrapolar a todos los casos: la muestra fue acotada y parte del análisis se hizo en modelos animales.
Patricia Silveyra, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana, aporta otra pieza clave para entender la diferencia. No se trata, dice, de que mujeres y varones tengan genes distintos. Un mismo gen puede leerse de manera diferente según el sexo, en diálogo con las hormonas y con el ambiente. Esa interacción, sumada al peso corporal, la exposición a alérgenos y la contaminación, ayuda a explicar por qué el asma femenina es más rebelde en la adultez.
Ciclo menstrual, embarazo y menopausia: tres ventanas críticas
- Ciclo menstrual: una revisión sobre asma premenstrual estimó que hasta un 40% de las pacientes percibe cambios en el control de la enfermedad ligados a la menstruación, aunque los estudios disponibles no permiten hablar de una cifra cerrada. La hipótesis más fuerte apunta a las oscilaciones de estrógeno y progesterona en los días previos, que pueden intensificar la inflamación bronquial y la sensibilidad de las vías aéreas.
- Embarazo: la evolución no es lineal. Un patrón clínico clásico describe que alrededor de un tercio de las embarazadas con asma empeora, otro tercio se estabiliza y el resto mejora, aunque los porcentajes varían según la población estudiada. Lo que sí confirman los especialistas es que el mal control durante la gestación se asocia a más internacionales y a riesgos para el bebé, por lo que recomiendan no bajar la medicación sin acompañamiento médico.
- Menopausia: con la caída de estrógenos, la brecha por sexo tiende a estrecharse, aunque algunas mujeres reportan un nuevo recrudecimiento de los síntomas en la transición. La literatura describe además mayor frecuencia de asma grave en mujeres posmenáusicas, lo que sugiere que el cuadro no depende solo de una hormona ni de una etapa.
Como lectora y como paciente que escucha a sus amigas, me pregunto por qué tardamos tanto en hablar de esto. Si la diferencia entre sexos empieza a perfilarse con la primera menstruación y se proyecta hasta la menopausia, el seguimiento clínico tendría que contemplar el calendario hormonal con la misma naturalidad con que pregunta por antecedentes familiares. Y sin embargo, la mayoría de los consultorios sigue midiendo el asma con la misma regla para todos los cuerpos.
Lo que el Estado y los laboratorios todavía no dicen con suficiente claridad es cuánto de esa brecha se podría recortar con guías de tratamiento sensibles al sexo, con más investigación sobre los momentos críticos del ciclo y con equipos de salud capacitados para preguntar qué pasa en cada etapa reproductiva. Mientras tanto, Laura y miles de mujeres como ella siguen aprendiendo a leer su propio cuerpo a fuerza de internacionales y de guardias a las tres de la mañana. La ciencia ya puso las pistas sobre la mesa; falta que el sistema de salud las recoja.
