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Azcuénaga, el pueblo de 350 habitantes que se subió al mapa con sus diez restaurantes y una fonda de 1903

A cien kilómetros de Buenos Aires, Azcuénaga combina parrillas, pastas y cocina francesa con hospedaje en una fonda centenaria, cabañas con pileta y una panadería con horno a leña que sigue funcionando desde 1917.

Por Julia MartinelliCiencia y espacio · 19 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Cuando me crucé con la nota sobre Azcuénaga por primera vez, lo confieso, tuve que buscar el mapa mental de la provincia de Buenos Aires y dibujar con el dedo la línea que va desde la General Paz hacia el noroeste. Cien kilómetros después, en medio de la llanura, aparece este pueblo con apenas 350 habitantes que, contra todo pronóstico, reúne diez restaurantes, una fonda que data de 1903, cabañas con pileta y hasta una panadería que sigue amasando galleta de campo en un horno a leña como cuando se fundó, en 1917. Es uno de esos casos en los que la modestia del lugar esconde una oferta que, mirándola con detenimiento, parece pensada para una mesa mucho más grande.

Diez mesas para sentarse, casi todas los fines de semana

La primera recomendación que le daría a cualquiera que esté armando la escapada es bien terrenal y la resumo con un objeto de la cocina: pensar en Azcuénaga como una olla a presión, donde la comida manda y hay que reservar el domingo como quien reserva el esmalte de la fuente antes de una fiesta. Porque la mayoría de los diez restaurantes del pueblo abre los fines de semana, y los domingos es cuando más cuesta conseguir mesa. Si la idea es ir un día de semana, el buffet del Club Recreativo Apolo, atendido por Marcelo Santander y Marcela Ronco, es el lugar al que hay que ir a parar, con sus ravioles caseros y sus milanesas como carta de presentación.

  • Almacén C&T: carnes y picadas dentro de la Casa Terren, una construcción de 1912 recuperada por la familia Coarasa.
  • La Porteña: pastas y osobuco con risotto de calabaza, una combinación que sorprende a quien se sienta en la mesa sin esperarla.
  • Lo de Grace: parrilla y pasta libre en una edificación rodeada de campo, ideal para quedarse un rato largo.
  • Cucina de Santo: pastas y mariscos, un cruce que a mí, personalmente, me despierta una sonrisa porque rara vez conviven en pueblos chicos.
  • Le Four: la cocina francesa que sostiene la cocinera Vanesa Plaza, con un cordero con ciruelas que se ha vuelto emblema del lugar.
  • La Posta y Silvestre: dos eslabones más del circuito, para completar el recorrido.
  • Buffet del Club Recreativo Apolo: la opción de semana, con ravioles y milanesas caseras.

La mezcla, como se ve, es ecléctica: parrilla argentina, pastas italianas, un guiño francés y la cocina criolla del club. Es una paleta que, en una localidad tan pequeña, obliga a pensar que hubo alguien, o varios alguienes, que se sentaron a planificar esto con un mapa y una libreta. No es un pueblo que amaneció con diez restaurantes por generación espontánea: detrás de cada mesa hay una familia, un horno encendido y una historia que, en algunos casos, lleva más de un siglo dando de comer.

Dónde dormir: de la fonda centenaria a las cabañas con pileta

Para quienes decidan quedarse a dormir, la oferta es tan variada como la gastronómica, y también tiene un ancla fuerte en el pasado. La Piamonte funciona en el edificio que ocupaba la Fonda de Sforzini de 1903, justo frente a la antigua estación ferroviaria, una ubicación que, si uno cierra los ojos, lo transporta a cuando los trenes traían y llevaban gente de esta zona. Quienes busquen otra onda, tienen La Magnolia en una casona rural, las cabañas con pileta de Rancho Aparte y otra opción llamada El Nido. Si no les importa alejarse un poco, están Los Vagones de Areco, con el atractivo extra del hospedaje sobre rieles. Dormir afuera, en este pueblo, no es un problema: es parte del menú.

Pan con leña y una capilla de 1907

Antes de irse, vale detenerse en dos paradas que terminan de redondear el viaje. La Moderna es una panadería fundada en 1917 donde Laura González y sus hijas siguen elaborando galleta de campo en un horno a leña, con el ruido del fuego de fondo y el olor que se mezcla con el aire del pueblo. Y para los que quieran el cierre con un toque espiritual y tranquilo, la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907, abre los fines de semana gracias a Ramona Lescano, que la cuida y la muestra a quien se acerque. Entre una cosa y otra, los caminos rurales se prestan para caminar, andar en bicicleta o en moto, aunque hay que tener en cuenta el clima: en esta zona el barro y el terreno seco se turnan según la estación, y en los alrededores no es raro cruzarse con liebres, vizcachas y lechuzas.

Lo que sigue, después de esta primera movida, es consolidar la temporada. Los restaurantes que abrieron hace pocos años todavía están calibrando su capacidad, y varias familias están poniendo en valor nuevas construcciones antiguas, así que es razonable esperar que en los próximos meses aparezcan algunas opciones más, tanto para comer como para dormir. Azcuénaga, en definitiva, no se agota en una nota: se prueba, se camina y, si se puede, se vuelve a la semana siguiente con otro paladar y otro plan. Ahora bien, si me dejan elegir, la pregunta del cierre se la devuelvo al lector: ¿qué elegirían conocer ustedes en una escapada a Azcuénaga?

JM
Julia MartinelliCiencia y espacio

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