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Caminar, pedalear o trotar suave: tres senderos para ponerse en forma sin romperse

La ciencia respalda moverse sin llegar al límite. La Organización Mundial de la Salud sugiere entre 150 y 300 minutos semanales de actividad moderada, y hay prácticas concretas para llegar a esa meta sin necesidad de ser un atleta ni gastar de más.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · 15 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Desde el interior, cada vez que alguien me pregunta por dónde empezar a moverse, pienso en Graciela, una docente de Santiago del Estero que a sus 52 años decidió probar el slow jogging después de décadas de sedentarismo. Ella resume, sin saberlo, lo que la evidencia científica viene repitiendo: entrenar a intensidad moderada, sin perseguir el agotamiento, no es una concesión a la comodidad sino una estrategia con fundamentos serios. La Organización Mundial de la Salud marca que los adultos deberían acumular entre 150 y 300 minutos semanales de ejercicio moderado, una meta perfectamente alcanzable con prácticas que no piden una base atlética previa ni equipamiento costoso.

Trote suave, el ritmo de los que recién empiezan

El primer camino es el trote suave, conocido como slow jogging, un método que el fisiólogo japonés Hiroaki Tanaka, de la Universidad de Fukuoka, sistematizó bajo una consigna tan gráfica como útil: el niko-niko pace, o ritmo sonriente. La idea es simple: correr a una velocidad que permita mantener una conversación sin agitarse. La práctica se expandió desde Corea del Sur hacia Europa y América, empujada por las redes sociales. Stephen Garland, profesor de Fisiología del Deporte en la Universidad de Malmö, lo explicó así: un ritmo que parece sencillo para un corredor con experiencia puede representar un desafío moderado para alguien que hasta entonces había tenido poca actividad. Garland vincula ese inicio gradual con mejoras en la capacidad cardiorrespiratoria y con el control de la presión arterial y la glucosa en sangre, siempre que haya regularidad.

Zona 2: cómo saber si vamos al ritmo justo

El segundo sendero no es un ejercicio puntual sino una forma de calibrar la intensidad: la llamada zona 2. Se puede alcanzar caminando rápido, pedaleando, nadando o usando una elíptica, y la referencia práctica es poder hablar con frases completas sin quedarse sin aire. El Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte ubica ese umbral entre el 65% y el 75% de la frecuencia cardíaca máxima, aunque aclara que ese porcentaje no funciona igual para todos: la edad, ciertos medicamentos y la condición física de cada persona modifican la relación entre pulsaciones y esfuerzo real. Un estudio de Benedikt Meixner y colaboradores, publicado en Translational Sports Medicine, confirmó que no existe una definición universal de zona 2 basada exclusivamente en la frecuencia cardíaca. Mientras tanto, un metaanálisis aparecido en Scandinavian Journal of Medicine and Science in Sports encontró mejoras concretas en la capacidad cardiorrespiratoria y en indicadores cardiometabólicos en adultos que incorporaron actividad aeróbica de baja intensidad de forma sostenida.

  • Trote suave o slow jogging: correr a ritmo de conversación, con método del niko-niko pace; ideal para principiantes y para retomar después de años de pausa.
  • Zona 2: cualquier actividad aeróbica (caminata rápida, bicicleta, natación, elíptica) calibrada para poder hablar sin falta de aire.
  • Caminata nórdica: incorporar bastones especiales para activar el tren superior y reducir el impacto en rodillas y tobillos.

La caminata nórdica, el tercer atajo

La caminata nórdica completa el trío. Con bastones especialmente diseñados, esta modalidad originaria de Finlandia trabaja el tren superior, mejora la postura y reduce el impacto en rodillas y tobillos respecto al trote. Es, para muchos adultos mayores o personas con sobrepeso, la puerta de entrada más amable a la rutina aeróbica, y los mismos 150 a 300 minutos semanales se cumplen sin la sensación de estar forzando el cuerpo.

Pienso en Graciela y en los miles de argentinos del interior que, como ella, quieren empezar pero temen pasarse de rosca. La ciencia dice que la moderación, bien dosificada, rinde más que el esfuerzo extremo. La brecha, sin embargo, sigue siendo regional: en provincias del Norte Grande la oferta de espacios públicos seguros para caminar o trotar es sensiblemente menor que en los grandes centros urbanos, y eso condiciona incluso la elección del ejercicio. Lo que la evidencia sostiene con claridad es que moverse de forma regular, a intensidad moderada, mejora indicadores cardiometabólicos y la capacidad cardiorrespiratoria. Lo que ni el Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte ni los autores de los metaanálisis recientes terminan de resolver es cómo medir con precisión el esfuerzo individual más allá del diálogo con el propio cuerpo. Y esa zona gris, paradójicamente, es la que vuelve al ejercicio moderado una herramienta tan accesible como subestimada.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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