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Viernes, 9 de octubre de 2026
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Cuando el guion ajeno se vuelve cómodo: dos preguntas para animarse a elegir distinto

Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio simple para distinguir qué decisiones nacen de convicciones propias y cuáles heredamos sin revisar. La pista llega del interior del país y de lo que el mercado laboral todavía no dice.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · · hace 1 h
Cuando el guion ajeno se vuelve cómodo: dos preguntas para animarse a elegir distinto

En algún pueblo de Santiago del Estero, una chica llamada Romina terminó el secundario con el mandato familiar ya escrito: administración de empresas en la capital provincial. Hoy, a los 32, atiende un taller de costura que montó con un crédito propio y admite que durante años se vistió con un traje que no era el suyo. Su historia no aparece en los papers académicos, pero condensa bastante bien lo que el filósofo Ira Bedzow, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, lleva años investigando: cómo distinguir los deseos genuinos de las presiones que heredamos sin haberlas elegido.

Las dos preguntas que separan lo propio de lo ajeno

Bedzow, director ejecutivo del Emory Purpose Project, plantea el ejercicio en dos pasos. La primera pregunta, ¿de quién es la vida que estás viviendo?, suele recibir una respuesta rápida. La segunda, ¿quién debería determinar cómo vivís?, incomoda más, porque obliga a admitir que el rumbo no estaba escrito en ninguna parte. Esa incomodidad, dice el filósofo, es la señal de que algo merece revisarse.

“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo.”Ira Bedzow, Universidad de Emory

Escucho esto desde el interior y pienso en la cantidad de oficios que sobreviven por inercia: hijos que siguen en el negocio familiar porque nadie se animó a preguntar en voz alta si eso los hacía felices, docentes que enseñan lo que les tocó porque la vacante apareció, emprendedores que postergan su idea porque la cooperativa del pueblo ya tiene su red. El punto, aclara Bedzow, no es aislarse de los demás: recibir el consejo de un colega sobre una oferta laboral o escuchar a un amigo cuestionar una relación puede abrir los ojos. La línea roja está en quién firma la decisión final y con qué criterios.

Lo que dice la evidencia y lo que muestra la brecha

Un metanálisis de Sezer y colaboradores, citado por el especialista, refuerza la intuición: las personas que persiguen metas alineadas con sus valores se esfuerzan más, avanzan más y reportan mayor bienestar. El contraste aparece con quienes orientan sus objetivos por expectativas parentales, presión de estatus o miedo a la culpa. En Argentina, donde la informalidad laboral supera el 35 por ciento y las regiones del Noroeste registran tasas de empleo no registrado muy por encima del promedio nacional, elegir un camino propio suele ser, además de un acto íntimo, una decisión económica con costos reales que la macroeconomía no termina de registrar en sus estadísticas.

  • Dejar afuera a quienes opinan por vos: diferenciar entre pedir una perspectiva y delegar la decisión.
  • Escribir la motivación antes de actuar: anotar en una nota de celular por qué se elige cada paso cotidiano.
  • Probar en decisiones chicas: la autorreflexión se entrena con elecciones de bajo riesgo antes de las grandes.
  • Pasar la prueba del tiempo: imaginar si la elección seguiría pareciendo correcta dentro de cinco años.
  • Chequear con el cuerpo: el alivio o la tensión física al pensarlo suele ser un indicador honesto.

Bedzow insiste en algo que a veces se pierde: la reflexión no es mirarse el ombligo, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados. La filósofa Susan Wolf agrega un ángulo incómodo: el sentido no nace solo del deseo, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso. Esa pregunta extra, ¿merece ser buscado lo que persigo?, es la que Romina se hizo una tarde en su taller, mientras deshacía una costura mal hecha y entendía que el error no estaba en el género de punto sino en haber aceptado durante años el género de destino que otros eligieron por ella.

Queda pendiente lo que el Estado y las grandes empresas todavía no dicen con la misma fuerza con que lo dice este filósofo: que no hay políticas públicas activas, ni programas de reconversión laboral serios, que reconozcan el costo económico y emocional de vivir un guion ajeno. Mientras el debate siga acotado a los claustros de Emory, el ejercicio de las dos preguntas seguirá siendo, sobre todo, una tarea individual que muchos, desde el interior, todavía no se animan a empezar.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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