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Cuarenta y ocho millones de abrazos: por qué los gatos se adueñan de los departamentos argentinos

La convivencia con felinos trepó del 40 al 52 por ciento en hogares con mascotas, según Voices. Especialistas y un refugio del conurbano coinciden en que la autonomía felina no exime de la responsabilidad diaria de ofrecerles compañía, juego y lugares en altura, incluso en un monoambiente.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · 16 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Julieta tiene 34 años, vive en un departamento de un ambiente en Mar del Plata y comparte sus jornadas con Morfeo, un gato atigrado que llegó a su casa en pleno 2024. Cada mañana le dedica veinte minutos a cepillarlo antes de salir hacia su trabajo en una clínica odontológica, y cada noche se obliga a dejar el celular para jugar con él en el sillón. Cuando me contó su rutina, entendí de golpe lo que los números vienen diciendo desde hace rato: los gatos no son esos inquilinos distantes que durante décadas nos vendió el sentido común. Son, más bien, una elección que se acomoda como un guante a la nueva vida urbana, pero que exige presencia y mimos todos los días.

Los datos que respaldan ese cambio de-chip los acaba de difundir la consultora Voices, y son elocuentes. Entre los argentinos y las argentinas que tienen mascotas, la presencia de gatos pasó del 40 por ciento en 2018 al 52 por ciento en 2026. Es decir, más de la mitad. Los perros siguen mandando, sí, pero también perdieron terreno: bajaron del 88 al 83 por ciento en el mismo período. La distancia entre ambos se achica, y eso reconfigura el mapa emocional de las familias argentinas. Sobre todo en los grandes centros urbanos.

Un país que se achica por dentro

El fenómeno tiene letra chica en el Censo 2022 que casi nadie se molestó en leer. En la Ciudad de Buenos Aires, cerca del 40 por ciento de los hogares están compuestos por una sola persona, y casi tres de cada cuatro viviendas son departamentos. Cuando la casa es chica y quien paga el alquiler llega cansado a las diez de la noche, el perro que necesita tres paseos por día empieza a competir en desventaja con un gato que se contenta con una ventana, un rascador y una caja de arena. Silvina Muñiz, presidenta de la Asociación de Veterinarios especializados en Animales de Compañía en Argentina (AVEACA), lo resume con una frase que pega: vivir solo, trabajar muchas horas y habitar poco empuja la elección hacia los felinos. Desde el interior del país, donde las casas todavía tienen patio, la tendencia llega más tarde y con menos fuerza, pero también se siente.

“Son más independientes, pero igualmente necesitan compartir tiempo con alguien.”Alejandro, 27 años, en su departamento junto a Limón

Esa frase me la dijo Alejandro, un chico de 27 años que conocí a través de Proyecto 4 Patas, un refugio del conurbano bonaerense que rescata, rehabilita y da en adopción gatos que de otro modo correrían la calle. Fernanda Lazzarino, voluntaria del lugar, me explicó algo que vale la pena repetir: durante la última década se derrumbó el mito del gato huraño. Entre los tres y los cuatro meses existe una ventana clave para que un felino callejero se familiarice con los humanos; después, el lazo se puede construir igual, aunque demande más paciencia. El punto es que ningún gato nace antisocial: lo que existe es un sistema que los acostumbró a defenderse solos.

Lo que hay que darles para que la convivencia funcione

  • Superficies elevadas donde pueda trepar y dominar visualmente el ambiente, porque la altura los tranquiliza.
  • Rascadores firmes, varios en distintos puntos de la casa, para que no terminen destrozando el sillón.
  • Piedras sanitarias limpias a diario, en un lugar accesible y sin corrientes de aire.
  • Juegos que estimulen el olfato, como esconder premios en cajas de cartón o entre repasadores.
  • Contacto cotidiano con personas: caricias, palabras, presencia, aunque sea leyendo un libro en la misma habitación.

La lista se la armo el equipo de Proyecto 4 Patas después de recibir cientos de consultas de adoptantes primerizos. Lo que más les cuesta entender a las familias es que autonomía no significa soledad. Muñiz vuelve a poner el oído en el asunto: la cercanía física, el ronroneo y la compañía dentro de un mismo ambiente aportan bienestar comprobable a las personas, pero también son una necesidad para el animal. La convivencia es un contrato de dos manos, aunque la pata que firma sea la que tiene almohadillas.

Desde el interior, viendo cómo los gatos se cuelan en las fotos de las familias chaqueñas, en los avisos clasificados de Mendoza y hasta en los grupos de WhatsApp de padres y madres de Bariloche, no puedo evitar sentir algo ambiguo. Hay ternura, claro que sí, al ver a mi tía Marta, de 58 años, mudarse a un departamento en Santa Rosa con su gato Aramis después del fallecimiento de mi tío. Pero también hay preocupación, porque ni el Estado nacional ni las empresas de alimento balanceado ni los municipios tienen campañas sostenidas de tenencia responsable felina. Casi todo el trabajo de educación lo sostiene una red de refugios, voluntarios y veterinarias como AVEACA que ponen el cuerpo y la billetera. Lo que el Estado y la industria no dijeron con estos datos es cómo van a acompañar, en serio, a las decenas de miles de hogares que en los próximos años sumarán un gato a la familia.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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