Dermatitis atópica: la pelea por no abandonar el tratamiento en un país con la billetera corta
Un relevamiento nacional muestra que casi la mitad de los pacientes con dermatitis atópica postergó o suspendió consultas y que cuatro de cada diez no pudieron comprar sus medicamentos por razones económicas. La picazón se lleva el sueño, el trabajo y la vida social.
Marisa tiene 42 años y vive en Río Gallegos. A los seis meses de nacida le diagnosticaron dermatitis atópica y, desde entonces, su piel fue un campo de batalla que nunca terminó de apagarse. Hoy cuenta los brotes con los dedos, pero también cuenta los meses en que dejó de comprar las cremas porque el sueldo no le alcanza. "El picor es una cosa de nunca acabar. Te rascás hasta lastimarte, no dormís, no rendís en el trabajo y al otro día te levantás como si te hubiera pasado un tren por encima", me dice por teléfono, con la voz todavía rascunosa por el cansancio. Su historia es la de muchos: la enfermedad es controlable, pero el tratamiento se vuelve insostenible cuando la economía aprieta.
La plata, en el centro del problema
Según un relevamiento de la Asociación Civil para el Enfermo de Psoriasis (AEPSO), casi uno de cada dos pacientes con dermatitis atópica postergó o suspendió consultas médicas en los últimos seis meses por motivos económicos. El 44,8% tuvo dificultades para acceder a los medicamentos indicados y el 37,3% redujo directamente o dejó de comprarlos por falta de recursos. Cerca del 20% no seguía el tratamiento prescripto, fundamentalmente por la misma razón.
La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel. No tiene cura, pero se puede mantener a raya con cremas, cuidados y, en los casos más severos, con tratamientos sistémicos. Afecta al menos al 10% de los niños y adolescentes argentinos y, aunque arranca sobre todo en la primera infancia, puede aparecer a cualquier edad y persiste en la adultez en cerca de tres de cada diez casos.
- 63,4% reportó alteraciones en la calidad del sueño.
- 61,9% debió modificar su rutina diaria.
- 56,7% dijo que la enfermedad afectó su calidad de vida en general.
- Quienes sufren picazón crónica e intensa tienen tres veces más riesgo de depresión y el doble de ansiedad.
El dato no es menor cuando se mira desde el interior. En provincias como las del Noroeste o la Patagonia, donde acceder a un dermatólogo suele significar viajar cientos de kilómetros y pagar consultas que no siempre cubre la obra social, los números del relevamiento de AEPSO muestran una brecha marcada: la proporción de pacientes que debió suspender controles por motivos económicos supera en más de quince puntos al promedio porteño, según se desprende del cruce de respuestas por región. La especialista en Dermatología Pediátrica y presidenta de la SAD, Paula Luna, lo resume en una frase que escuché de su boca en una reunión médica: "Este enfoque posibilita la implementación de un tratamiento personalizado". Personalizado, claro, siempre que el bolsillo lo permita.
“El picor no deja dormir, ni permite la vida social, el trabajo, la escuela, baja la autoestima y complica tremendamente la dinámica familiar. Afecta la vida las 24 horas.”Silvia Fernández Barrio, presidenta de AEPSO
Lo que el Estado y los laboratorios todavía no dijeron es cómo van a garantizar que un paciente de Rosario, de Salta o de Comodoro Rivadavia pueda sostener mes a mes un tratamiento que, cuando funciona, cambia la vida. Mientras tanto, Marisa sigue contando brotes y contando plata, y la dermatitis atópica sigue ganando de noche.
