Detrás de cada síntoma hay un chico que lleva años esperando ser escuchado
La salud mental de niñas, niños y adolescentes se deteriora en silencio mientras los equipos especializados son escasos y la atención llega fragmentada entre escuelas, hospitales y comisarías. Una recorrida por el interior del país muestra cómo la violencia, las pantallas y la precariedad golpean a una generación que pide ayuda demasiado tarde.
A Carla, una docente de sexto grado de una escuela primaria en San Juan, se le quiebra la voz cuando recuerda a Lautaro. Lo recibe cada mañana con ojeras que ya son parte de su cara y un cuerpo tan delgado que el guardapolvo le queda grande. Tiene diez años y desde que arrancaron las clases apenas come. "Un día me pidió que le guardara una galleta en el bolsillo porque tenía miedo de que se la sacaran en el recreo", dice. A los pocos meses, la escuela se enteró de que en la casa de Lautaro no había comida casi nunca. La Dirección de Niñez intervino, pero pasó tanto tiempo entre el primer llamado y la primera medida que el chico ya había intentado lastimarse en el baño con la punta de un compás.
Síntomas que se repiten de norte a sur
- Trastornos del sueño: chicos que no logran dormir o que despiertan varias veces por la noche con pesadillas recurrentes.
- Problemas de alimentación: desde la pérdida total del apetito hasta comilonas compulsivas que se esconden en el baño.
- Aislamiento y retraimiento: adolescentes que dejaron de juntarse con amigos, que faltan a la escuela sin causa y que permanecen horas en la cama.
- Autolesiones: cortes en brazos y muslos que aparecen cuando el cuerpo intenta canalizar lo que las palabras no pueden.
- Ideación suicida: frases como "no quiero seguir viviendo" o "me quiero morir" dichas en voz baja, casi como al pasar.
Lo que cuenta Carla no es una excepción. Cada vez más docentes y profesionales del interior del país describen escenas parecidas en distintas provincias, y la brecha entre lo que sucede en los grandes centros urbanos y el resto del mapa argentino se nota en la capacidad de respuesta. En muchas localidades, un solo equipo de salud mental infantil cubre varios hospitales zonales, las derivaciones a especialistas demoran meses y los profesionales que se forman en Buenos Aires o en las capitales provinciales suelen no volver a radicarse en sus lugares de origen.
En el conurbano bonaerense y en las grandes ciudades el panorama tampoco es alentador, pero la red de recursos —hospitales de día, centros de primera infancia, equipos de orientación escolar— ofrece al menos algún punto de apoyo. En cambio, en provincias como Catamarca, Santiago del Estero, Formosa o La Pampa, la distancia entre el primer síntoma y la primera atención puede medirse en meses. La brecha regional aparece una y otra vez en los relevamientos de profesionales: mientras en la Ciudad de Buenos Aires la proporción de psicólogos y psiquiatras infantiles por habitante es varias veces mayor que la media nacional, en buena parte del norte y la Patagonia la cobertura es casi testimonial.
“Los chicos no explotan de un día para el otro. Van acumulando violencias chicas y grandes, y un día el cuerpo dice basta. Cuando llegan a la guardia, ya pasaron por cinco o seis personas que no pudieron hacerse cargo.”Pediatra de un hospital público del conurbano, que prefirió no dar su nombre
Violencias que quedan encerradas
La violencia es la pieza central del rompecabezas y aparece una y otra vez en las historias que escuchan los equipos de salud mental. Las estimaciones de UNICEF que circulan en los ámbitos especializados son elocuentes: 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de los 18 años, mientras entre los varones la proporción trepa a 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida.
A esas situaciones extremas se les suman maltratos cotidianos, humillaciones en la escuela, negligencia y violencia doméstica que pocas veces quedan registradas en un expediente. Cuando una niña o un adolescente finalmente logra contar lo que le pasa, muchas veces ya pasaron años. Y cuando por fin lo dice, se encuentra con circuitos que no están preparados para sostenerlo: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma, la justicia recibe la infracción. El chico, en el medio, se pierde como persona dentro de una cadena de informes e intervenciones.
Las plataformas digitales agregaron una dimensión nueva al cuadro. Niñas, niños y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, publicidad de apuestas y material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que crece en los segmentos de menores recursos y que las familias, en muchos casos, ni siquiera sospechan. Para algunos profesionales, el uso intensivo de pantallas no es solo un hábito generacional: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir.
Aprender se vuelve una tarea imposible
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más a un cuadro ya preocupante. Casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono. Las cifras de PISA no distinguen entre causas cognitivas y causas emocionales, pero los equipos de orientación escolar saben que detrás de muchos rendimientos muy bajos hay chicos desbordados por situaciones que nadie les preguntó cómo viven.
Cuando una familia advierte que algo está mal y pide ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención llega tarde, llega partida, y en el mientras tanto se pierden meses que para una niña o un adolescente son irrecuperables. Cada vez más profesionales que trabajan desde el interior del país coinciden en que la pandemia dejó al descubierto algo que ya estaba mal y que nunca se terminó de arreglar: la falta de un sistema de salud mental infantil que pueda acompañar, no solo intervenir en la emergencia.
Mientras tanto, lo que falta decir también pesa. El Estado nacional no difundió hasta ahora un plan integral de salud mental infantil con metas, plazos y presupuesto detallado por provincia. Las provincias, salvo excepciones, no publicaron datos actualizados sobre cuántos profesionales especializados hay en sus planteles ni sobre los tiempos reales de espera en los servicios públicos. Y las empresas de tecnología, que intermediaron buena parte del tiempo de pantalla de esta generación, no respondieron hasta ahora con políticas firmes de protección específicas para usuarios menores de edad en el país. Son los silencios que rodean a chicos como Lautaro, que mientras tanto siguen llegando a la escuela con ojeras, cada vez más flacos, esperando que alguien se anime a preguntarles cómo están de verdad.
