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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El precio invisible de ser el sostén de todos: la soledad que llega con los 60

La psicología clínica describe un patrón paradójico: personas hipercompetentes y socialmente activas que, al llegar a la madurez, descubren que sus vínculos eran casi siempre funcionales. Décadas de disponibilidad constante hicieron que el entorno las viera como un recurso, no como alguien con necesidades propias.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · · hace 1 h
El precio invisible de ser el sostén de todos: la soledad que llega con los 60

Conozco a Marta, tiene 58 años, vive en Concepción del Uruguay y desde que tengo memoria fue la persona a la que todos llamaban cuando algo se complicaba. Un problema con un turno médico, un trámite que no salía, un hijo adolescente que se portaba mal: Marta aparecía con mate, un consejo y, si hacía falta, con el auto. El fin de semana pasado me contó, con una mezcla de risa y bronca, que cuando ella tuvo que internarse por una cirugía programada, los mensajes de WhatsApp se demoraron 48 horas. "Nadie pregunta cómo estoy", me dijo. Y no lo decía con rencor: lo decía como quien describe un fenómeno que le cuesta entender.

Un perfil que la psicología clínica ve cada vez más

El caso de Marta no es una excepción. La psicología clínica describe desde hace años un patrón que aparece con frecuencia en consultorios de todo el país: personas que construyeron su identidad entera alrededor de la fortaleza y la disponibilidad permanente. Escuchan, contienen, median, resuelven. Pero casi nunca reciben lo mismo de vuelta, porque el entorno fue incorporando una asimetría de la que ni siquiera es del todo consciente: la persona fuerte no necesita ayuda, simplemente está ahí para darla.

Los especialistas lo llaman cuidado compulsivo, y no es un capricho ni un defecto de carácter: es una forma de vínculo que se aprende temprano, casi siempre en familias donde ser útil era la única moneda que circulaba. El problema es que, con el paso de los años, ese modo de relacionarse se naturaliza y se vuelve invisible, incluso para quien lo ejerce.

La brecha entre el AMBA y el interior se nota en este punto

Desde el interior, este fenómeno tiene un color particular. En ciudades chicas del Litoral o del NOA, donde las redes sociales suelen ser más densas y la vida comunitaria más presente, las personas que ejercen este rol de sostén suelen ser las mismas durante décadas: la vecina que organiza la peña, la maestra jubilada que todavía acompaña a los chicos del barrio, la médica que atiende llamadas a cualquier hora. Pero la densidad aparente no garantiza intimidad: en muchos casos, los vínculos están sostenidos por la función que cada uno cumple, no por un afecto que sobreviva a los cambios de etapa.

Cuando llega la jubilación, una mudanza o una pérdida, esa red se reorganiza con rapidez. Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las del MIT, confirman que los lazos construidos casi exclusivamente sobre la utilidad funcional tienden a colapsar cuando el contexto cambia. La reciprocidad, en cambio, es lo que sostiene los vínculos a lo largo de las transiciones.

  • Comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine: pedir ayuda no debilita, completa.
  • Revisar qué vínculos se sostienen solo por la utilidad que uno aporta: si el otro desaparece cuando dejás de ser útil, no era un vínculo, era un servicio.
  • Diferenciar entre acompañar y sostener a otros en el sentido profesional del término: dar sin delegar también es un patrón que se puede revisar.
  • Permitirse mostrar vulnerabilidad de manera gradual: la imagen de fortaleza absoluta suele ser una armadura, no una elección.

Hay otro obstáculo que los clínicos mencionan con insistencia: la dificultad concreta de pedir ayuda. Quienes ejercieron durante años el rol de cuidadores asocian esa práctica con una amenaza a su propia autoestima. Mostrar vulnerabilidad les resulta incómodo porque contradice la imagen que construyeron durante décadas, y esa incomodidad los lleva a transitar sus propias crisis en soledad, aun cuando tengan gente cerca. No es que no haya vínculos: es que no hay costumbre de reciprocidad.

La salida que propone la psicología no pasa por dejar de cuidar a otros, ni mucho menos. Pasa por habilitar el ida y vuelta. Eso implica dos movimientos concretos: decir en voz alta lo que uno necesita, y revisar con honestidad qué relaciones sobreviven al cambio de etapa. Cuanto antes se trabaje sobre ese patrón, más tiempo hay para construir lazos de intercambio genuino antes de que la red social se reorganice sola.

Lo que el sistema de salud mental todavía no dice con suficiente claridad es que este fenómeno tiene un costado de género y otro de clase que se cruzan. En Argentina, según datos del INDEC, las mujeres dedican en promedio más del doble de horas semanales a tareas de cuidado no remunerado que los varones, y en las provincias del norte esa brecha se ensancha hasta tres veces. Eso significa que el patrón que describe la psicología clínica no se distribuye de manera pareja: pesa más sobre quienes históricamente cargaron con el trabajo invisible de sostener a los demás. Y es justamente ese peso acumulado el que, muchas veces, explica por qué llegar a los 60 en soledad no es una sorpresa sino una cuenta que llega tarde.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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