La mesa es mucho más que el plato: por qué comer en familia cambia lo que comen los chicos
Un consenso argentino de nutrición pediátrica vuelve a poner la lupa sobre la comensalidad, la idea de que el entorno, los ritmos y las personas que acompañan a la mesa pesan tanto como el menú. Las claves, las edades y lo que cada familia puede hacer hoy.
Lo conocí a Ezequiel, padre de dos chicos en Resistencia, Chaco, mientras preparaba la mesa para la cena. Me dijo algo que se me quedó: «En mi casa se come lo que come mi mujer, porque sino es cada uno con su plato y terminamos haciendo cuatro comidas distintas». Esa frase, que él repite como un acuerdo de pareja, es casi el corazón del consenso NutreAR, que acaban de presentar especialistas en nutrición pediátrica en el 9° Congreso Argentino de Pediatría.
Durante años escuché que el problema de la alimentación infantil era qué se servía en el plato. Carne, verduras, lácteos, harinas, el viejo listado de lo que «tiene que comer» un chico. El consenso NutreAR, desarrollado por PROFENI, la red de Profesionales Expertos en Nutrición Infantil, corre el foco: importa tanto lo que se come como con quién, dónde y a qué hora. Esa idea tiene nombre, comensalidad, y atraviesa todas las recomendaciones.
Comer se aprende mirando a otros
El mecanismo más documentado es la imitación. Un nene de tres años que ve a su padre aceitar la ensalada probará esa ensalada con otra disposición que el que nunca la vio en la mesa. Un adolescente que observa a sus pares incorporar frutas o legumbres en la vianda que se llevan al colegio termina ampliando su propio repertorio. Al revés, la selectividad alimentaria, ese chico que solo come polla o solo fideos, tiende a consolidarse cuando no hay modelos cercanos que ensanchen el abanico.
- De 2 a 5 años: el adulto es el principal modelo. Conviene ofrecer siempre una opción nueva junto a lo ya aceptado, sin presionar, pero sin retirarla.
- De 6 a 12 años: la escuela gana peso como entorno alimentario. Los comedores con menú planificado y las viandas preparadas en casa amplían lo que el chico prueba fuera del hogar.
- De 13 a 17 años: crecen los episodios de comer solos, en la pieza y con pantalla encendida. Especialistas recomiendan sostener al menos una comida compartida por día.
La cifra que sobrevuela al consenso y que me parece clave: la brecha entre lo que se recomienda y lo que efectivamente sucede en las familias es mucho más marcada en las regiones del interior. En provincias como Chaco, Tucumán o Santiago del Estero las cenas compartidas son menos frecuentes por horarios laborales extensos, trabajos informales y menos tiempo en el hogar, según lo que relevaron los equipos de PROFENI en consultas de seguimiento. Desde el interior, donde el consultorio muchas veces termina siendo cocina y living a la vez, lo veo seguido: cuando se pierde la mesa común, primero se va la verdura, después la fruta, y al final la conversación.
La cena como ancla y la pantalla como enemiga
El consenso destaca que a partir de los 14 o 15 años crece la costumbre de comer aislado, con el celular al lado y la puerta cerrada. Eso reduce lo que los especialistas llaman aprendizaje social de la alimentación, es decir, las pistas que da el otro en la mesa, qué elije, cómo come, qué comenta. La recomendación concreta es mantener al menos una comida compartida por día, y la cena aparece como la más viable porque almorzar en familia se vuelve difícil entre escuela, trabajo y actividades deportivas. La mesa no tiene por qué ser la clásica familiar: cenar con amigos cumple la misma función, remarcan los autores.
Qué pidió el consenso y qué todavía falta
El documento de PROFENI plantea la necesidad de políticas públicas que acompañen estas rutinas: comedores escolares con criterios nutricionales claros, educación alimentaria en la formación docente y campañas que no se limiten a enumerar nutrientes, sino que incluyan el hábito de sentarse a compartir. Lo que el Estado todavía no dijo en voz oficial es cómo financiará la actualización de los comedores escolares en las provincias, donde justamente la brecha por región se hace más visible. Y lo que las empresas de alimentos para chicos tampoco respondieron es por qué sus publicidades siguen mostrando a niños solos con el producto, y no en una mesa con otros, que es, según este consenso, donde de verdad se aprende a comer.
