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Miércoles, 14 de octubre de 2026
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Las huellas que vuelven cuando uno se convierte en madre o padre: lo que cuesta soltar y lo que nunca se debería repetir

Un psicólogo especialista en trauma explica qué marcas de la infancia reaparecen en la crianza, por qué hacer lo contrario tampoco alcanza y qué señales mirar para no quedar atrapado en la propia historia.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · · hace 1 h
Las huellas que vuelven cuando uno se convierte en madre o padre: lo que cuesta soltar y lo que nunca se debería repetir

Marta tiene 42 años y vive en Neuquén Capital. Cuando su hija de seis le dijo la semana pasada que no quería ir a una fiesta de cumpleaños, lo primero que sintió no fue preocupación sino una bronca antigua, una que ella conocía bien: la misma que sintió de chica cada vez que intentó decir que no en la suya. Antes de responder, se sentó en la cama y respiró. Después habló con la nena. Es un gesto chico, pero a Marta le costó años aprenderlo. Es, también, el tipo de pausa que muchos padres y madres argentinos todavía no lograron construir y que marca la diferencia entre repetir lo vivido y empezar a revisarlo.

El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey lo resume así: nadie empieza a criar desde cero. La historia personal, el linaje, el lenguaje, la época y el contexto cultural en el que cada uno se crió reaparecen a la hora de poner límites, de reaccionar ante un conflicto y hasta en las ideas que se instalan en casa sobre el éxito, el dinero y el afecto.

“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma

Las marcas que más cuesta dejar atrás

Según McCoubrey, las huellas más difíciles de cambiar no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas que los adultos no las cuestionan durante años. El especialista menciona cuatro que reaparecen una y otra vez en los consultorios del interior del país: pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas, vergüenzas heredadas y mandatos que pasan de generación en generación. El denominador común suele ser la rigidez: la dificultad de tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto a lo que uno esperaba.

  • Pérdidas silenciadas: duelos o ausencias que nunca se nombraron en la familia y que se cargan como si no hubieran pasado.
  • Violencias naturalizadas: gritos, castigos físicos o destratos que se dieron por normales durante décadas.
  • Vergüenzas heredadas: la sensación de no alcanzar, de no ser suficiente, que se transmite sin palabras.
  • Mandatos generacionales: frases como "en esta familia nadie llora" o "hay que ser fuerte" que condicionan la manera de educar.

Esa zona donde las huellas se mezclan con la crianza tiene, además, una dimensión regional que suele quedar fuera del debate. En las provincias del NEA y el NOA, donde persisten estructuras más tradicionales y conservadoras, los consultorios reciben con más frecuencia casos donde el mandato de "no quejarse" pesa sobre los varones, mientras que en los grandes centros urbanos como Buenos Aires, Rosario o Córdoba aparecen más consultas vinculadas a la presión por el rendimiento escolar y la comparación entre hijos. No es una generalización: es una fotografía parcial que muestra cómo el contexto geográfico y social también condiciona lo que se repite y lo que se intenta cambiar.

Hacer lo contrario tampoco alcanza

Un dato que suele olvidarse: querer criar en las antípodas de lo que uno vivió tampoco garantiza un buen resultado. McCoubrey advierte que criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva. En lugar de responder a las necesidades reales del hijo, se termina respondiendo a una pelea pendiente con los propios padres. Quien creció con una crianza muy rígida puede convencerse, por ejemplo, de que cualquier frustración es traumática para su hijo, y caer en el otro extremo: un permiso permanente que termina siendo abandonante.

La clave, según el especialista, no está en encontrar un punto medio matemático sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.

“A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma

Las señales para empezar a revisar la propia historia

Una de las pistas más claras de que la historia personal está interfiriendo en la crianza es la desproporción de la reacción: una bronca que desborda frente a una situación menor, una preocupación extrema por algo cotidiano o la necesidad compulsiva de tener todo bajo control. Son respuestas que, vistas en frío, no se condicen con el hecho que las disparó, pero que tienen toda la lógica cuando se las conecta con lo que se vivió de chico.

McCoubrey insiste en que revisar esos patrones no implica no volver a equivocarse nunca. Implica, en todo caso, construir una capacidad nueva: la de detenerse, pedir una pausa, volver y reparar. Esa reparación, en muchos casos, ni siquiera estaba disponible en la propia infancia. Y ese es, muchas veces, el verdadero punto de partida.

Lo que el Estado y el sistema de salud todavía no dicen

Porque mientras los especialistas explican qué pasa cuando la historia se mete en la crianza, el Estado argentino sigue sin garantizar espacios públicos accesibles de acompañamiento psicológico perinatal e infantil en la mayoría de las provincias. La salud mental de las familias que crían queda, en la práctica, librada a la derivación del pediatra de cabecera o al bolsillo de quienes puedan pagar un consultorio particular. McCoubrey lo da por sobreentendido en cada entrevista: la prevención del trauma intergeneracional no se hace solo con voluntad individual; se hace con políticas públicas sostenidas. Y esa parte, hasta hoy, sigue sin ser contada.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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