The Gentlemen se vuelve una mafia seria (y ya no queda nada del playboy de campo)
Guy Ritchie cambia las reglas: Eddie Horniman deja atrás los modales aristocráticos y se mete de lleno en el crimen europeo. La segunda temporada llega a Netflix con más oscuridad, más violencia y menos espacio para el humor.
A los que peinamos canas nos cuesta admitirlo, pero The Gentlemen tiene algo de esa saga ochentosa de mafiosos donde el tipo que empieza de buen pibe termina peor que un boss de GTA San Andreas. La serie de Guy Ritchie vuelve con una segunda temporada que se toma todo más en serio, como si hubiera dejado el whisky en la repisa y ahora tomara amargo después de cada golpe bajo.
La historia arranca tres meses antes de una escena que ya vimos: Eddie Horniman, el Duque de Halstead, arrastrándose medio muerto por un campo embarrado. Theo James vuelve a ponerse la corona, pero el personaje que amaga en estos ocho capítulos poco se parece al aristócrata que se cayó por accidente en el negocio del cannabis de los Glass.
El playboy ahora quiere ser patrón
Eddie está decidido a expandir el imperio. Quiere recuperar tierras alrededor de la finca, cruzar el Canal de la Mancha y meterse en el cannabis legal, la política y el crimen internacional. Pero le chilla el patriarca Bobby Glass, más ocupado con su despertar espiritual que en modernizar el negocio. Y ahí aparece la primera fractura seria entre Eddie y Susie Glass, que ya no funciona como musa florero sino como socia con cálculo propio.
El gran acierto de Ritchie es no repetir la fórmula. Mantiene el humor negro y las persecuciones con violencia estilizada, pero los pone al servicio de algo más incómodo: mostrar que los buenos modales se leen como debilidad cuando manejás pasta narco. Eddie aprende eso a los golpes.
Nuevos jugadores, viejos problemas
- Marco Moretti: el mafioso italiano que encarna Sergio Castellitto, el heredero de los Capone que vino a mirar qué onda este inglés con título nobiliario vendiendo verde.
- Cico Maldini: el secuaz que mete en escena Michele Morrone, el de 365 Días, que acá cambia el aceite de cocina por la ametralladora y queda un poco más interesante, ojo.
- Una camada de criminales europeos que sube la apuesta y obliga a Eddie a decidir de qué lado del mostrador se planta definitivamente.
El arco del protagonista sigue el manual clásico del ascenso criminal: cada victoria le cuesta un pedazo de humanidad y la salida se aleja a medida que gana control. Es lo que nos pasaba con Tommy Shelby, lo que nos pasaba con Tony Soprano, y ahora Ritchie lo aplica a un duque inglés que arrancó queriendo salvar la estancia y termina negociando con italianos con mala cara. La pregunta que queda flotando es la de siempre: ¿hasta dónde se puede llegar antes de no poder volver?
Mi veredicto: vale la pena. La serie se sacó de encima el tono de comedia con clase social y se animó a contar algo más pesado, sin perder la marca de fábrica del director (la violencia como coreografía, los diálogos filosos, los planos que parecen portadas de Vogue masculino). Quien haya bajado la primera temporada pensando que era un pasatiempo elegante va a encontrarse con un tanque. Apta para mayores de 16, ideal para maratonear un domingo con mate, después de que se fue la familia.
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