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Aftas en la boca: por qué a veces vuelven y cuándo conviene dejar de aguantarse y consultar

Una molestia frecuente que suele resolverse sola, pero cuya repetición o persistencia puede estar hablando de algo más serio. Las claves para distinguir un afta pasajera de una señal de alerta, según la evidencia reciente.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · 8 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Desde el interior, Marta tiene 47 años, vive en Rafaela, Santa Fe, y trabaja en una planta de alimentos. Cada tanto, una llaga chica en la encía le arruina una semana: comer le molesta, hablar le molesta, dormir le molesta. "Siempre pensé que era cosa del estrés, hasta que me duró más de un mes y el dentista me mandó a hacerme análisis", cuenta. Los estudios le marcaron déficit de hierro y de vitamina B12. Empezó a tratar la anemia y las aftas empezaron a espaciarse. "No es que me curé mágicamente, pero entendí que el cuerpo me estaba avisando".

Qué son y por qué aparecen

Las aftas, también llamadas úlceras bucales, son lesiones frecuentes que en la mayoría de los casos se resuelven sin tratamiento, en una o dos semanas. Se forman en la cara interna de las mejillas, debajo o sobre la lengua, en las encías, el interior de los labios o el paladar blando. Suelen presentar un centro blanquecino, gris o amarillento con bordes rojizos, y en algunos casos van precedidas por ardor u hormigueo. A diferencia del herpes labial, no aparecen en la superficie exterior de los labios y no se contagian.

Las más comunes son las pequeñas y redondeadas, que dejan la mucosa sin marcas. Hay una variante mayor, menos frecuente, más profunda y dolorosa, cuya cicatrización puede extenderse hasta seis semanas. Y también una forma herpetiforme, compuesta por múltiples ulceraciones diminutas que tienden a agruparse.

  • Traumatismos locales: morderse la mejilla, cepillado agresivo, roces con ortodoncia o prótesis mal ajustadas y quemaduras con comida caliente.
  • Estrés, cansancio y cambios hormonales asociados a la menstruación o el embarazo.
  • Carencias nutricionales de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D.

Sobre este último punto, un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes registraban con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina. Los propios autores aclararon que esa asociación no implica una causa directa y que en algunos indicadores la evidencia disponible sigue siendo limitada. Aun así, es una pista que pesa.

Cuándo el cuerpo está diciendo algo más

Cuando las lesiones son múltiples o reaparecen seguido, la explicación puede estar en una condición subyacente. Entre las enfermedades asociadas se cuentan la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, infecciones virales, bacterianas o fúngicas y cuadros de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida.

En términos de brecha por región, los estudios poblacionales en Argentina son todavía escasos, pero los relevamientos de consultorios de dermatología y medicina bucal en ciudades del interior suelen reportar una proporción más alta de casos asociados a deficiencias nutricionales que los de grandes centros urbanos, donde el motivo de consulta tiende a estar más ligado al estrés o a causas inmunológicas. Son señales indirectas, pero marcan una tendencia.

“Una llaga que no sana en dos o tres semanas, que cambia de tamaño o que aparece junto con fiebre, diarrea, dolor articular o lesiones en otras partes del cuerpo ya no es un tema menor: hay que pedir turno.”Criterio médico de referencia

Señales de alerta para no postergar la consulta

  • Persistencia de la lesión más allá de dos o tres semanas.
  • Aumento del tamaño o del número de lesiones.
  • Dolor intenso que impide comer o hablar con normalidad.
  • Aparición de fiebre, diarrea, dolor en las articulaciones o lesiones en piel u ojos.
  • Sangrado de las encías o llagas que no cicatrizan después de un traumatismo identificado.

Lo que muchos pacientes repiten en los consultorios del interior, y que pocas veces queda registrado, es la sensación de haber ido varias veces al odontólogo sin que nadie les preguntara por la dieta, los análisis o la frecuencia con la que volvían las aftas. Tampoco es raro escuchar que los servicios públicos de salud no ofrecen estudios de sangre de rutina ante este síntoma, y que la consulta termina resolviéndose con un gel cicatrizante sin ir más profundo. Son vacíos que el Estado y los propios profesionales dejan abiertos, y que mantienen a miles de personas dando vueltas con un problema que, bien encarado, suele tener salida.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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