Cuando el aula y la casa pueden ver lo que el joven todavía no dice
Los suicidios crecieron un 57,7% entre 2017 y 2025 y ya son la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años. Una especialista advierte: el proceso nunca es de un día para el otro y hay cambios en la conducta que el entorno puede aprender a leer.
Lucía tiene 16 años y vive en un pueblo chico del sur de Córdoba. Su mamá, Daniela, me cuenta que la notó distinta durante semanas: dejó el grupo de WhatsApp del colegio, dejó de salir con sus amigas, dejó hasta de pelearse con su hermano, algo que en esa casa era un termómetro cotidiano. Cuando Daniela le preguntó qué le pasaba, Lucía le respondió, seca: estoy cansada. Daniela no supo si era sueño, aburrimiento o algo más. Todavía no lo sabe. Lo que tiene claro es que algo cambió.
En la Argentina, 5.209 personas murieron por suicidio en 2025. Ocho años antes, en 2017, esa cifra era de 3.304. El aumento del 57,7 por ciento convierte al suicidio en la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años, por encima incluso de los accidentes de tránsito. La tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes en ese período, un salto que la Organización Mundial de la Salud ya venía alertando como parte de un fenómeno global.
El mapa de la brecha por región
La mirada desde el interior obliga a poner este número sobre la mesa: la tasa nacional de 11,8 cada 100.000 habitantes esconde diferencias marcadas entre provincias. Las jurisdicciones del norte y del sur del país, donde los equipos de salud mental son más escasos y las distancias hasta un centro especializado pueden medirse en cientos de kilómetros, suelen registrar tasas por encima del promedio. Eso significa que, para un adolescente como el que imagino en cualquier pueblo del interior, la posibilidad de llegar a tiempo a una consulta profesional depende muchas veces de un familiar, de un docente o de un vecino que decida preguntar antes.
Las señales que el entorno puede aprender a leer
- Un cambio respecto de la conducta habitual: el joven que siempre fue expansivo y se aísla, o el que era inhibido y aparece con conductas disruptivas.
- El aislamiento sostenido, sobre todo cuando corta vínculos que antes eran centrales, no cuando es un rato a solas.
- El desplazamiento de los vínculos cara a cara por el uso de redes sociales como único canal de comunicación.
- El abandono de rutinas: dejar el colegio, el trabajo, el deporte, los grupos de amigos, sin un reemplazo claro.
- La aparición o el agravamiento de adicciones, trastornos alimentarios, situaciones de bullying o abusos.
- Conflictos familiares o rupturas sentimentales que la persona no logra nombrar ni procesar.
María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del Centro de Asistencia al Suicida (CAS) de Buenos Aires, es enfática en un punto que repite cada vez que puede: no existe una causa única. El deterioro económico, una ruptura, un conflicto escolar o el efecto de la pandemia pueden ser parte del cuadro, pero ninguno alcanza por sí solo para explicar una muerte. Factores psicológicos, relacionales, familiares y biológicos se cruzan, y esa es la razón por la que las respuestas simples, del tipo fue por una pelea o fue por las redes, suelen dejar a las familias sin herramientas reales para prevenir.
“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires
Sobre las pantallas, la especialista evita una condena general. Advierte, sí, sobre el impacto cuando las redes sociales desplazan los otros vínculos y cuando la persona que las usa es vulnerable. Pero también recuerda que, para muchos jóvenes que terminaron la secundaria durante el aislamiento estricto, el regreso a la presencialidad fue un golpe: estaban en un punto de la vida en el que se supone que uno aprende a estar con otros, y esa etapa les faltó. Volver al aula, volver al trabajo, volver a vincularse cara a cara se volvió, para algunos, una exigencia para la que no tenían recursos desarrollados.
Lo que falta decir
Azcoitía subraya algo que a mí, como lectora y como ciudadana, me cuesta ignorar: el proceso nunca es de un día para el otro. Hay un recorrido, hay señales, hay momentos en los que alguien podría haber preguntado distinto. Y acá aparece lo que el Estado, las empresas de plataformas digitales y los propios ministerios educativos todavía no dicen con la firmeza que el problema exige: cómo se va a formar a docentes y a familias para leer esos cambios, cuántos profesionales de salud mental van a sumarse a las escuelas del interior y qué protocolo va a activarse cuando un alumno muestre el tipo de alerta que Daniela, la mamá de Lucía, todavía no sabe ubicar en ninguna guía.
