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Cuando un mensaje corto se vuelve una pelea: lo que la sobreinterpretación le hace a la pareja

Las psicólogas Karina Carreño y Marina Mammoliti describen el circuito que lleva de un "ok" a una discusión y comparten herramientas concretas para salir de la lectura automática de los mensajes.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · 17 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Cuando Celeste, una administrativa de 42 años que se crió en Santiago del Estero, vio el punto seguido con el que su pareja respondió a un mensaje cariñoso, sintió un hueco en el estómago. Leyó frialdad, después indiferencia, y antes de llegar a la cena ya estaba enojada. Recién cuando se animó a preguntar qué había pasado del otro lado, se enteró de que la otra persona había mandado ese mensaje desde una reunión y con una sola mano. Celeste se fue de la pelea con la sensación de haber discutido por algo que nunca ocurrió. La escena se repite, con variaciones, en miles de parejas argentinas. La neuropsicóloga Karina Carreño y la psicóloga Marina Mammoliti lo conocen bien y lo describen como un fenómeno comunicacional con nombre propio: la sobreinterpretación de mensajes.

"Que la pareja haya contestado con pocas palabras es algo comprobable; que esté molesta es una interpretación", resume Carreño. La diferencia parece obvia, pero en la práctica se vuelve porosa cuando aparece la ansiedad. Por eso la especialista propone regular esa activación antes de responder y conversar para aclarar, en lugar de dar por cierta una intención que todavía se desconoce. Mammoliti, en tanto, pone el foco en un movimiento que suele quedar afuera del debate: en vez de intentar descifrar al otro, atender qué nos pasa a uno frente a ese silencio o esa respuesta escueta.

Por qué al cerebro le cuesta quedarse con lo que pasó

Carreño lo explica con una idea central: cuando falta información sobre los sentimientos o pensamientos de la otra persona, el cerebro intenta anticiparlos. Para completar ese hueco, recurre a experiencias anteriores, a los propios miedos y a las inseguridades. Así, una demora de veinte minutos termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento que sostenga esa conclusión. Mammoliti coincide y agrega que las experiencias dolorosas funcionan como un filtro que deforma la lectura: si hay miedo al abandono, una necesidad de estar a solas se percibe como indiferencia. La baja autoestima y los antecedentes de infidelidad terminan alimentando la búsqueda de confirmaciones y el intento de controlar al otro, incluso a la distancia.

El resultado es un desgaste cotidiano que no deja marcas visibles. Carreño describe discusiones que se sostienen en situaciones imaginadas y pedidos reiterados de seguridad que erosionan la confianza. En las consultas, dice, aparecen pacientes que llevan meses peleando por mensajes que nunca tuvieron el sentido que les atribuyeron. En el interior del país el cuadro tiene un plus: según los datos de brecha por región que manejan los equipos de salud mental, las provincias con menor acceso a profesionales registran consultas más tardías y mayor carga de automanejo emocional, lo que profundiza el circuito de la sobreinterpretación.

  • Distinguir el hecho de la interpretación antes de responder un mensaje.
  • Reconocer la emoción propia y ponerla en palabras antes de enviarla al otro.
  • Aprender a tolerar respuestas que no llegan de inmediato y esperar un momento adecuado para preguntar.
  • Conversar cara a cara sobre lo que efectivamente ocurrió, en lugar de sostener peleas por conjeturas.
  • Pedir aclaración de manera directa: el chat no siempre permite obtener la información que se necesita.

Lo que ninguna de las dos especialistas dijo en la entrevista

La nota original cierra antes de completar la última idea de las psicólogas. No hay cifras de prevalencia, no se menciona qué pasa con los adolescentes ni cómo inciden las notificaciones en tiempo real en este patrón. Tampoco queda claro si la sobreinterpretación se intensifica en parejas que conviven en provincias con conectividad intermitente, donde la espera por una respuesta a veces se mezcla con la falta de señal. Ni el Estado ni las empresas de mensajería se pronunciaron sobre un fenómeno que, visto lo visto, sigue creciendo a la sombra de la pantalla.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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