Después del diagnóstico: por qué el cardiólogo suele recetar más de un medicamento y para qué sirve cada uno
Tras un evento cardiovascular es habitual irse del consultorio con varias cajas. La clave está en que el corazón puede fallar por motivos distintos y simultáneos, y cada fármaco apunta a un problema concreto.
Soy Malena Aguirre, desde el interior. Cuando uno sale del consultorio con tres o cuatro cajas después de un problema de corazón, la primera reacción es de abrumo. Pero detrás de cada comprimido hay una razón clínica concreta: el corazón puede dañarse por mecanismos diferentes al mismo tiempo, y un solo fármaco no alcanza para cubrirlos todos.
Tomemos el caso de Jorge Luis, un comerciante de Neuquén de 54 años, que el año pasado terminó en la guardia después de una fuerte presión en el pecho. Le diagnosticaron hipertensión y colesterol alto, y se fue con cuatro recetas. “Pensé que se habían equivocado”, cuenta. “Hasta que el cardiólogo me explicó que cada pastilla hacía algo distinto y que dejarlas era peor que juntarlas todas en un pastillero”.
Presión arterial: el motor que se desgasta
La hipertensión es el motivo de consulta más frecuente en cardiología y también el más tratado. Cuando la presión se mantiene alta, el músculo cardíaco trabaja forzado y los vasos se endurecen. Para bajarla existen cuatro familias principales que actúan por caminos distintos: los inhibidores de la ECA y los ARA-II, que bloquean una hormona que estrecha los vasos; los betabloqueantes, que bajan la frecuencia cardíaca; y los bloqueadores de calcio, que relajan las arterias o regulan el pulso.
Colesterol, coágulos y ritmo: las otras tres patas
El colesterol LDL, el llamado “malo”, se trata sobre todo con estatinas, que además de reducirlo pueden bajar la inflamación de los vasos. Si no alcanzan o no se toleran, se suma ezetimiba o inhibidores de PCSK9. Para evitar trombos están los antiagregantes plaquetarios como la aspirina o el clopidogrel, y los anticoagulantes como apixabán o rivaroxabán, que actúan en otra etapa de la coagulación. En las arritmias entran los antiarrítmicos específicos, elegidos según el tipo de trastorno del ritmo.
- La presión alta se aborda con inhibidores de la ECA, ARA-II, betabloqueantes o bloqueantes de calcio.
- El colesterol LDL se baja con estatinas; si no alcanzan, se suma ezetimiba o inhibidores de PCSK9.
- Los antiagregantes (aspirina, clopidogrel) y los anticoagulantes (apixabán, rivaroxabán) previenen coágulos por mecanismos distintos.
- Las arritmias requieren fármacos específicos según el tipo y la gravedad del trastorno del ritmo.
En la Argentina, las estadísticas de brecha por región muestran que en el norte grande el control de la hipertensión y del colesterol llega a niveles adecuados apenas en el 35 por ciento de los pacientes tratados, mientras que en la región pampeana y en la ciudad de Buenos Aires ese número trepa por encima del 55 por ciento. La diferencia se explica, en buena parte, por el acceso a controles periódicos y a la medicación completa, algo que los propios pacientes del interior suelen repetir en las consultas.
Lo que el Estado y los laboratorios no suelen decir
Cuando un médico receta cuatro fármacos a la vez, casi nunca explica el costo real de mantener ese tratamiento durante años. Las estatinas, los anticoagulantes orales y los nuevos inhibidores de PCSK9 pueden significar entre 40 mil y 300 mil pesos mensuales de bolsillo según la cobertura, y los programas provinciales de medicamentos cardiovasculares crónicos llegaron con demoras o directamente no llegaron a varias provincias durante todo el último año. Lo que el Estado y los laboratorios no suelen decir en los mismos afiches donde recomiendan “consultar al cardiólogo” es que, después del diagnóstico, el principal obstáculo para vivir más no es la pastilla, sino pagarla todos los meses sin interrupciones.
