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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Cuando la realidad se mueve de lugar: por qué ciertos cambios en la percepción merecen una consulta médica

Ver figuras que otros no ven, sentir que el cuerpo cambió de tamaño o sostener creencias firmes que afectan los vínculos son señales que piden atención. Un repaso por las experiencias que la medicina distingue y por las razones para no dejarlas pasar.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · · hace 1 h
Cuando la realidad se mueve de lugar: por qué ciertos cambios en la percepción merecen una consulta médica

Lo cuento desde el primer café de la mañana en Paraná, donde Graciela, docente jubilada de 58 años, me dijo algo que se me quedó grabado: "Empecé a ver a mi marido con la misma cara que mi padre muerto, y él estaba ahí, vivo, mirándome". Graciela no estaba loca. Graciela estaba pidiendo una consulta. Y esa diferencia, que parece menor, es enorme cuando hablamos de cambios en la percepción.

No hace falta saber qué está pasando para pedir una evaluación médica. Los cambios repentinos en la visión, las distorsiones persistentes del tamaño de los objetos o las sensaciones físicas sin explicación son motivos de consulta. También lo son las creencias firmes sobre la salud o las personas cercanas que provocan malestar intenso y afectan los vínculos cotidianos. La regla de oro es simple: si la experiencia modifica la vida diaria, hay que pedir turno.

Tres palabras que no significan lo mismo

Antes de consultar, conviene entender tres términos que la clínica usa con precisión y que muchas veces se mezclan en la conversación cotidiana.

  • Distorsión: modifica algo que existe. Por ejemplo, sentir que una habitación se agrandó o se achicó sin que haya cambiado.
  • Alucinación: percibir algo que no tiene un estímulo externo que lo produzca, como voces o figuras que nadie más registra.
  • Delirio: una creencia fija que se mantiene aunque haya pruebas en contra, como la convicción de que un ser querido fue reemplazado por un doble.

La distinción importa porque cada una de estas experiencias abre caminos diagnósticos diferentes. Ver figuras que nadie más ve no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. En el síndrome de Charles Bonnet, personas con pérdida importante de visión pueden percibir imágenes complejas y, al mismo tiempo, reconocer que no son reales. La evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos y, en presentaciones atípicas, estudios de neuroimagen para descartar otras causas.

Cuando el cuerpo se siente de otro modo

Las alteraciones del tamaño del cuerpo o del entorno también necesitan contexto clínico. El síndrome de Alicia en el País de las Maravillas puede modificar la percepción visual, corporal y temporal. Una revisión de 169 casos encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos y las encefalitis predominaban en menores de 18 años.

Esa diferencia por edad no es menor y suele pasar desapercibida desde el interior del país, donde el acceso a neurología especializada es más limitado. En ciudades chicas, una adolescente que describe que las paredes se le "vienen encima" puede terminar en una guardia general sin que se piense en un cuadro que la literatura ya describió. El dato de brecha geográfica pesa: mientras en Buenos Aires o Córdoba un cuadro así puede derivar rápido a un equipo de neuropediatría, en muchas provincias el recorrido del paciente se parece burocrático, con esperas que se miden en meses.

“Cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación debe descartar una infestación real y otras causas médicas antes de considerar un diagnóstico psiquiátrico primario.”Material clínico de referencia

Entre esas posibles causas figuran déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento depende de lo que la evaluación encuentre. Otras manifestaciones comprometen las creencias sobre uno mismo o los demás: la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas experiencias requieren atención profesional y no deben interpretarse como conductas voluntarias. Los celos delirantes tampoco equivalen a los desacuerdos habituales de pareja: la persistencia y la firmeza de la creencia los separan.

Lo que el sistema de salud todavía no dice con la fuerza que debería es que ninguna de estas experiencias, por sí sola, alcanza para un diagnóstico. La evaluación profesional considera los antecedentes, el contexto y otras manifestaciones para definir qué atención necesita cada persona. Lo que los manuales tampoco suelen subrayar es lo humano de la consulta: lo que se juega cuando un paciente se anima a contarle a un profesional que ve cosas que otros no ven, y lo que se pierde cuando ese profesional responde con un rótulo en lugar de una escucha. Mientras Graciela me contaba lo de su marido, lo que ella estaba buscando no era un diagnóstico: era alguien que la tomara en serio.

MA
Malena AguirreTrabajo y educación digital

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