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La cafeína que los adolescentes no saben que consumen: lo que un neumonólogo de Yale advierte sobre el descanso y el aprendizaje

Un equipo de especialistas de esa universidad estadounidense asegura que el consumo de cafeína entre menores de 18 años puede alterar el sueño, provocar temblores, palpitaciones y ansiedad, y que el problema va mucho más allá del café. Desde el interior, una mirada sobre lo que falta hablar en las mesas familiares y en las aulas.

Por Malena AguirreTrabajo y educación digital · 22 de septiembre de 2026 · hace 8 h

A Lucía, una chica de 14 años de Neuquén, le cuesta dormirse desde hace meses. Da vueltas en la cama, se levanta cansada y los lunes llega al colegio con los ojos pesados. Su madre pensó que era la edad, el celular, la típica pereza adolescente. Hasta que una mañana la encontró temblando en el baño, con el corazón acelerado. En la mochila llevaba tres sobres saborizados de esos que se compran en el kiosco, un chupetín energizante y una lata de gaseosa. Esa escena, que podría repetirse en cualquier ciudad del país, es la que un grupo de especialistas de la Universidad de Yale decidió poner sobre la mesa: la cafeína que los adolescentes consumen sin saber que lo están haciendo, y el precio que paga el cuerpo cuando el descanso se vuelve imposible.

Lo que el cuerpo les está diciendo y nadie escucha

Cuando un adolescente tiene dificultades para dormir, está nervioso o presenta temblores, conviene prestar atención a la cafeína que consume. Esas señales, sumadas a una caída en el desempeño escolar, pueden ser la punta de un hilo que merece una conversación familiar. La neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, de Yale, advirtió que un exceso también puede provocar palpitaciones, molestias digestivas, inquietud y ansiedad. Son síntomas que, lejos de ser caprichos de la edad, pueden estar contando una historia que los padres todavía no escuchan.

Y acá aparece el primer dato de brecha que muchas veces se pasa por alto: mientras en los centros urbanos las familias tienen más acceso a información sobre nutrición y sueño, en gran parte del interior del país los kioscos de escuela son prácticamente la primera fuente de cafeína para los chicos, sin que medie ningún tipo de advertencia. La distancia entre lo que se sabe en los manuales y lo que efectivamente entra en el cuerpo de un adolescente en un pueblo de la Patagonia, del norte argentino o del centro de la llanura pampeana sigue siendo enorme.

No es solo el café: la cafeína está en lugares inesperados

Para reconocer cuánto se ingiere, no alcanza con contar las tazas de café. La cafeína también aparece en bebidas energéticas, gaseosas, chocolate, chicles y sobres saborizados. Estos últimos, los que parecen golosinas inofensivas, pueden aportar entre 50 y 200 miligramos por unidad. Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale, explicó que los sabores dulces y frutales disimulan el amargor y pueden favorecer que los jóvenes los prueben sin dimensionar lo que están tomando.

  • Bebidas energéticas, incluso las que se presentan como ‘naturales’ o ‘light’.
  • Gaseosas de cola y otras con agregado de cafeína.
  • Chicles y caramelos con cafeína, fáciles de comprar en kioscos escolares.
  • Sobres saborizados en polvo, con 50 a 200 miligramos por unidad.
  • Chocolate y derivados con alto contenido de cacao.

El reloj biológico que se corrió y la trampa de los horarios tardíos

El horario de consumo también importa, y mucho. Según Agrawal, la cafeína empieza a actuar entre 30 y 45 minutos después de tomarla. Entre cinco y seis horas más tarde, todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de la cantidad ingerida. Por eso, la especialista aconsejó evitarla después de las 13 o las 14, según el horario habitual de descanso de cada familia.

Ese efecto se combina con un cambio propio de la adolescencia: el reloj biológico desplaza el sueño hacia horarios más tardíos y hace más difícil levantarse temprano. Si el cansancio lleva a buscar un estimulante, el alivio transitorio puede retrasar nuevamente el descanso y aumentar el agotamiento al día siguiente. Es un círculo que, visto desde el interior, conozco de cerca: el chico que se duerme a las dos de la mañana, se levanta con sueño, toma algo para despabilarse, rinde menos en la escuela y vuelve a recurrir a la misma sustancia por la noche.

Las recomendaciones de los adultos no son las mismas que las de los menores

Las pautas de consumo que rigen para los adultos no deberían trasladarse a los menores. Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale, recomendó evitar la cafeína antes de los 18 años y excluir de manera tajante las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes. Agrawal coincidió y agregó un dato que suele olvidarse: los jóvenes pueden experimentar molestias con cantidades menores que las que un adulto tolera sin problemas.

“Revisar las rutinas nocturnas es otra parte del cuidado, porque el consumo durante los videojuegos puede responder tanto al deseo de mantenerse despierto como a una costumbre compartida con otros jugadores. La luz de las pantallas, además, reduce la producción de melatonina y termina de complicar el escenario.”Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale

Lo que el Estado y la industria todavía no dijeron

Desde el interior, donde los kioscos escolares son muchas veces la primera -y única- fuente de información sobre lo que se consume, lo que falta es evidente. El material consultado no aclara si el Ministerio de Salud de la Nación, ni los ministerios provinciales, tienen previsto avanzar en campañas de prevención sobre cafeína en adolescentes, ni si se piensa regular la venta de sobres saborizados y bebidas energéticas en los entornos escolares. Tampoco quedó explicitado si las empresas productoras difundirán advertencias sobre el contenido de cafeína en sus etiquetas, como ya ocurre en otros países.

Mientras esas respuestas no lleguen, la recomendación más concreta sigue siendo la de los especialistas de Yale: evitar la cafeína antes de los 18 años, sacar las bebidas energéticas de la mesa familiar, conversar con los adolescentes sobre las cantidades que consumen, prestar atención a los horarios de descanso y, sobre todo, entender que cuando un chico no puede dormir, está nervioso o le tiemblan las manos, no siempre está cansado por la escuela: a veces, el problema viene envuelto en un sobre de polvo frutal y se vende como si fuera una golosina más.

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Malena AguirreTrabajo y educación digital

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