La tarta de manzana que se hace en un rato y rescata una receta de la cocina de la abuela
Una preparación simple, con la fruta dentro de la masa y un horneado corto, vuelve a poner sobre la mesa un clásico de la pastelería casera argentina.
Me llamo Marta, tengo 53 años y vivo en Neuquén capital. El domingo pasado, mientras miraba por la ventana cómo caía la llovizna sobre el patio de tierra, decidí que era hora de volver a encender el horno. Hace años que no preparaba una tarta de manzana como la que me enseñó mi madre en la cocina de casa, aquella de barrio donde todo se hacía a ojo y con lo que había. Por eso, cuando encontré esta receta, sentí que volvía un poco a esa mesa larga compartida con mis hermanas.
La propuesta es sencilla y, al mismo tiempo, tiene una vuelta de tuerca: la manzana se usa dos veces. Una parte se tritura junto con el resto de los ingredientes de la masa y el resto se corta en láminas, que se incorporan antes de llevar la preparación al molde. Esa doble presencia de la fruta es la que le da a la tarta su textura húmeda y su sabor profundo, muy distinto al de las versiones que solo llevan manzanas encima.
Qué se necesita y cómo se hace
- Un molde redondo de unos 24 centímetros, enmantecado o engrasado con margarina.
- Una batidora de mano para procesar la masa.
- Horno precalentado a 180 grados, con un tiempo de cocción de 30 minutos.
- Ingredientes de la masa: leche, azúcar, huevo, manteca blanda, harina, levadura y manzanas.
- Para el glaseado: cinco cucharadas de mermelada de damasco, más agua y azúcar a calentar en una cacerola pequeña.
El procedimiento arranca en un bol, donde se vuelcan la leche, el azúcar, el huevo, la harina, la levadura y la manteca blanda, sin derretir. A esa mezcla se suma media manzana y se procesa todo con la batidora. Mientras tanto, el resto de las manzanas se pela y se corta en láminas finas, que después se incorporan a la preparación con una espátula o cuchara, antes de pasar la masa al molde engrasado.
Una vez en el horno, la tarta necesita apenas media hora de cocción. Si se opta por el glaseado, durante ese tiempo se calientan en una cacerola chica la mermelada de damasco, el agua y el azúcar, y esa mezcla tibia se vierte sobre la tarta apenas sale del horno, para que la masa la absorba y quede con ese brillo dorado que tenían las tartas de la infancia.
Hay algo que el texto original no termina de resolver y que vale la pena decir: no se detallan las cantidades de los ingredientes de la masa, lo que obliga a cocinar “a ojo”, algo habitual en la cocina casera argentina pero que puede dejar con dudas a quien se anime por primera vez. Tampoco se precisa cuánto llevar de agua y azúcar para el glaseado: apenas cinco cucharadas de mermelada de damasco, una pista parcial que deja al lector completar el resto según su propio criterio. Esa zona gris es parte del encanto de las recetas de familia, pero también es la parte que el Estado, en este caso los manuales oficiales de cocina, suelen desatender: dar medidas exactas para que cualquiera pueda repetir el plato sin incertidumbre en la mesa.
Para mí, la mejor compañía de una tarta así es un vaso de leche fresca bien fría, como la que me servía mi abuela en la cocina de casa. Pero cada quien puede elegir: un poco más de mermelada de damasco, crema batida o, si hace calor en el centro del país, una bocha de helado de americana. Desde el interior, lo que rescato es esto: una receta que pide poco, rinde mucho y vuelve a poner en valor eso de cocinar con lo que se tiene, sin perder tiempo ni sabor.
