Membrillo en la mochila: el dulce criollo que puede sumar energía, pero no hace magia
Sirve como combustible de emergencia en carreras largas, aunque por sí solo no reemplaza geles, sales ni proteínas. Claves para dosificarlo sin pasar sobres.
Me escribe Camila desde Neuquén: entrena para su primer medio maratón de montaña y me cuenta que en la última salida de treinta kilómetros llevó, en una bolsa ziploc, trozos de dulce de membrillo cortado con cuchillo. La idea le salió de la abuela, que siempre decía que con eso y un poco de pan se sale a andar. Camila volvió entera, pero con una duda razonable: ¿cuánta energía real había metido en esos pedazos? ¿Y si la próxima vez le toca una carrera más larga, le alcanza? La pregunta, desde el interior del país y de la boca de alguien que recién empieza, me parece la mejor puerta para entrar a un tema donde el folklore y la nutrición deportiva no siempre se entienden.
El membrillo es un clásico de la mesa argentina y tiene una ventaja concreta para correr: es denso en carbohidratos simples y se transporta sin que se derrita ni se aplaste. Pero esa misma forma compacta, en un bloque sólido y parejo, esconde un problema práctico: un trozo a ojo no equivale a un gel. Los geles y las barritas deportivas detallan en la etiqueta cuántos gramos de hidratos aportan por unidad. El dulce de membrillo, en cambio, cambia de composición según la receta: hay quien lo hace más azucarado, quien lo cocina más seco, quien lo mezcla con nueces o con pera. Por eso, la referencia útil es mirar la etiqueta o, si es casero, calcularlo a partir de los ingredientes.
Cuántos carbohidratos se necesitan y cómo se prueban
Para actividades que pasan la hora, la bibliografía internacional manejada por especialistas coincide en una franja orientativa de 30 a 60 gramos de carbohidratos por hora, con ajustes individuales. La Sociedad Internacional de Nutrición Deportiva aclara que esa cifra varía según la tolerancia intestinal, la intensidad y el ambiente. La Asociación Dietética Británica, en la misma línea, sostiene que consumir carbohidratos puede mejorar el rendimiento cuando el ejercicio intenso supera los sesenta minutos. Son referencias que se aplican a geles, bebidas, frutas o, en este caso, al membrillo, siempre que se sepa cuánto se está comiendo.
- Revisar la etiqueta del dulce o calcular los carbohidratos si es casero, antes de llevarlo a una carrera.
- Probarlo en entrenamientos largos, nunca debutarlo el día de la competencia.
- Evaluar la tolerancia digestiva: fibra y frutos secos pueden molestar mientras se corre.
- Considerar la temperatura ambiente: el calor y la humedad cambian la respuesta del estómago.
- Ajustar la cantidad a la duración e intensidad del esfuerzo, sin quedarse corto ni pasarse.
Lo que más me importa marcar, porque en el norte y en la Patagonia lo veo seguido, es la brecha entre lo que se lleva en el morral y lo que el cuerpo realmente aprovecha. Un corredor de Salta o de Bariloche, con calor y humedad, no solo pierde agua: pierde sodio. Y ahí el membrillo solo no resuelve nada. Para sesiones largas, sobre todo con temperaturas altas, la hidratación y los electrolitos se piensan a la par de la comida. No alcanza con masticar un pedazo de dulce y confiar.
Después de cruzar la meta, tampoco alcanza. Reponer energía es solo una parte de la recuperación. Según el esfuerzo y el tiempo hasta la próxima sesión, la comida posterior suele necesitar proteínas para reconstruir fibras musculares, junto con líquidos y minerales. Un trozo de membrillo con queso o con unas cucharadas de yogur puede sumar, pero no reemplaza una comida completa cuando el cuerpo viene exigido.
Lo que nadie te dice en la góndola
El material que estoy repasando también menciona un trabajo que analizó la composición de una lámina de membrillo con almendra, pero aclara algo que merece quedar por escrito: no se hicieron pruebas deportivas con corredores. Es decir, la promesa de que ese producto sirve para rendir queda, por ahora, en el terreno de la composición química, no del rendimiento en la calle. Es la parte que el marketing suele callar y que a mí, como lectora y como periodista, me incomoda silenciar.
A Camila le voy a contestar lo mismo que pienso para cualquiera que se calce las zapatillas: el dulce de membrillo puede ser un gran aliado criollo en la mochila, denso, barato, noble, nuestro. Pero no es un atajo. Sin lectura de etiqueta, sin prueba previa en entrenamientos, sin plan de hidratación ni de recuperación posterior, se transforma en una linda tradición que no necesariamente cuida al cuerpo. El Estado, las federaciones y la industria de alimentos deportivos deberían difundir esa información con la misma fuerza con la que promocionan geles importados. Mientras tanto, queda en nosotras y nosotros hacer los números con lo que tenemos a mano, incluso si es un pedazo de membrillo envuelto en papel manteca.
