Ponerle números al miedo: la receta de Conrado Estol para dejar de temerle al avión
El neurólogo argentino propuso mirar una app de seguimiento aéreo, diferenciar las turbulencias con cielo claro de las de tormenta y evitar el alcohol como ansiolítico. Una guía para pensar el viaje antes de subir a la cabina.
Lo conocí a Juan Carlos en una sala de embarque de Ezeiza. Tiene 52 años, es contador en Santiago del Estero y hace más de una década que no vuelve a ver a un hermano que se radicó en Madrid. Cada vez que se decide a comprar el pasaje, algo lo frena a último momento. Cuando me contó su historia, entendí de inmediato por qué la explicación del neurólogo Conrado Estol sobre cómo poner en perspectiva el miedo a volar me parecía un material tan necesario para esta sección.
Porque el miedo a volar rara vez empieza cuando el avión despega. Empieza en la fila de migraciones, en la mochila mal armada, en la cuenta regresiva del reloj. Estol lo dijo con claridad: la anticipación del embarque puede alimentar la ansiedad tanto como el vuelo mismo, y en algunos casos se le suma la claustrofobia.
Mirar el cielo desde la pantalla
El primer ejercicio que propuso el médico es bien terrenal: abrir una aplicación de seguimiento de vuelos y mirar cuántos aviones están en el aire en ese mismo momento. La idea no es distraerse, sino dimensionar. Si uno observa ese movimiento aéreo constante, el propio viaje deja de sentirse como una excepción riesgosa y vuelve a ser un trámite cotidiano de la vida moderna.
No todas las sacudidas son iguales
Estol distinguió dos tipos de turbulencias: las que se producen dentro de una tormenta y las que aparecen con cielo despejado. Esto último suele sorprender a quienes viajan por primera vez: la sensación de movimiento no siempre llega acompañada de nubes o mal tiempo visible desde la ventanilla.
También marcó un punto clave sobre la percepción del tiempo. Los episodios fuertes suelen durar segundos o unos pocos minutos, pero quien los atraviesa tiende a imaginar que se extenderán durante horas. Como referencia cotidiana, sugirió pensar en los movimientos que se toleran al viajar en tren y recordar que, incluso en el aire, esa clase de sacudidas forman parte del funcionamiento normal de la aeronave.
Lo que dijo el médico y lo que conviene tener presente
- Sobre las tormentas: Estol señaló que los pilotos cuentan con herramientas para identificar los fenómenos meteorológicos y modificar el recorrido cuando hace falta.
- Sobre la cabina: destacó que los protocolos buscan reducir distracciones durante la operación, lo que convierte a la tripulación en un respaldo activo para el pasajero.
- Sobre el alcohol: lo desaconsejó de manera explícita. Según planteó, puede provocar insomnio y deshidratación, dos factores que empeoran la experiencia en lugar de aliviarla.
- Sobre las estadísticas: recordó que conocer los datos de seguridad no elimina la respuesta emocional, pero sí ayuda a ubicarla en proporción.
Antes de cerrar, vale una aclaración que el propio Estol dejó flotando y que el material de base no desarrolla: no dijo cuánto tiempo lleva atendiendo pacientes con miedo a volar, no dio cifras concretas sobre la frecuencia de las turbulencias en vuelos comerciales y no mencionó si existen diferencias estadísticamente significativas entre las rutas internas de la Argentina y las internacionales. Desde el interior, donde volar suele ser la diferencia entre ver a un familiar o resignarse, esos huecos pesan. También pesan los datos de brecha regional: mientras en la Ciudad de Buenos Aires la conectividad aérea ofrece múltiples frecuencias diarias, provincias como La Rioja, Catamarca o Formosa dependen de pocos vuelos semanales, lo que convierte cada embarque en un evento cargado de presión extra y reduce las oportunidades de exposición gradual al avión.
El planteo general del neurólogo fue que el miedo no termine condicionando los viajes ni las vacaciones. Para Juan Carlos, y para miles de pasajeros en su misma situación, ese es el verdadero objetivo: que la próxima vez que la pantalla del teléfono muestre un vuelo con butaca libre, la respuesta no sea cancelar, sino abordar.
